domingo, 23 de noviembre de 2014

Solalinde y los migrantes


Manuel Gómez Granados.

Para quienes no han sufrido por no saber de un familiar que dejó su casa, su pueblo, para ir a buscar a la ciudad de México o a Estados Unidos un mejor futuro, es difícil entender los resortes que mueven a los migrantes. Hay una especie de barrera que bloquea la vista pero, sobre todo, que ahoga el corazón. Quizás por su origen personal, quizás por su vocación como sacerdote, Alejandro Solalinde ha sido capaz de superar esas barreras. Quienes lo conocemos de muchos años, hemos visto cómo, acaso sin desearlo, ha terminado por convertirse en el rostro visible de los esfuerzos de muchos otros sacerdotes, religiosas y laicos, mexicanos y extranjeros, que tratan de proteger a quienes cruzan México para buscar una mejor vida en Estados Unidos.

No es un hombre perfecto. Él mismo ha sido muy honesto en distintas entrevistas y testimonios que él mismo ofrece acerca de sus debilidades. Y quizás por esas debilidades es que muchos, especialmente quienes no se identifican como “muy católicos”, ven en el trabajo de este sacerdote algo parecido a la tenue luz de una vela que habla de solidaridad, de esperanza, de compromiso, de respeto.

Hay quienes le reprochan que esté “muy politizado”, es algo con lo que incluso tiene que lidiar desde su cuenta de Twitter (@padresolalinde) que muy frecuentemente registra ataques de quienes quisieran que se callara. Algunos de los que le atacan se ven a sí mismos en la imagen de los viejos come-curas que tratan de mantener a raya a un “cura metiche”, que le dice a los gobiernos federal o de los estados cómo debe hacer su trabajo. Otros citan pasajes de la Biblia con el mismo propósito. Le reprochan su cercanía con causas difíciles, olvidadas, como la de los 49 niños que murieron calcinados en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, en 2009.

Más recientemente, en estos días tan convulsos, los ataques tomaron la forma de una noticia falsa. Un sitio dedicado a difundir rumores como súbitos aumentos al “precio oficial” de la tortilla (no existe un “precio oficial” de la tortilla desde mediados de la década pasada), o a burlarse del duelo por las muertes en Iguala, describía con lujo de detalles el supuesto asesinato, en el marco de una masacre, del padre Solalinde.

Afortunadamente, la versión fue rápidamente desmentida por él mismo, al tiempo que advertía medio en broma, medio en serio: “haiga sido como haiga sido, tengo que seguir hablando en nombre de Jesús”.

Con el país en vilo como se encuentra ahora, es difícil juzgar las razones que tiene Solalinde para decir algo así. Lo que es un hecho, es que vivimos una terrible crisis de credibilidad en las instituciones de justicia que hace posible que ese tipo de rumores sean creíbles para quienes, de repente, pudieran ver un encabezado que anuncia un asesinato así. Alejandro Solalinde lleva varios años de expresar, con el ejemplo cotidiano, los llamados que el papa Francisco ha hecho para respetar la dignidad de los migrantes. La agenda de Solalinde en materia de migración, recibir y ayudar a quienes buscan una vida mejor, sin importar qué tan incómoda pueda ser, es la agenda de Jesucristo. Esa idea la expresó también el nuevo arzobispo de Chicago, Mons. Blase Cupich, quien al tomar posesión de su cargo esta misma semana dijo: “el deseo de Dios de hacer realidad el sentido de pertenencia, de estabilidad del pueblo de Dios, está presente en las aspiraciones de cada migrante y es por ello que debemos respetarlos, tratarlos con justicia y darles la bienvenida.”

manuelggranados@gmail.com

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