domingo, 11 de enero de 2015

Bergoglio en Filipinas: ecología y teología


Manuel Gómez Granados.

Este viernes inició el primer viaje apostólico del Papa Francisco de 2015. En esta ocasión viaja a Sri Lanka y a Filipinas. El viaje a Sri Lanka es relevante porque le permitirá abordar algunos de los problemas que afectan a los grupos de cristianos, católicos o no, que padecen los efectos de ser minoría y enfrentan serios problemas para ejercer sus derechos y libertades en materia religiosa. Sri Lanka es especial, porque los problemas no ocurren por la opresión de cristianos a manos de musulmanes; ocurre a manos de budistas que perciben al cristianismo como una amenaza.

La visita a Filipinas, única nación de mayoría católica en Asia, en cambio, está revestida con múltiples significados. Entre ellos están, desde luego, los que tienen que ver con el desarrollo de la Iglesia como tal, pero también una preocupación central de Francisco: el cuidado de la naturaleza y, sobre todo, la necesidad de incorporar la responsabilidad ecológica en las estrategias de desarrollo y en la concepción cristiana de la vida.

Esta preocupación va más allá de la visita a Filipinas, pues ya está lista para su publicación la encíclica del Papa Francisco que abordará directamente el tema de la responsabilidad que los humanos tenemos para proteger y preservar el medio ambiente. Las críticas no esperarán a que el documento se publique, pues el sábado 17, en la ciudad de Leyte, el Papa almorzará con algunos de los sobrevivientes del tifón Yolanda. Ese meteoro, que alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, entre el 3 y el 11 de noviembre de 2013, cobró las vidas de al menos seis mil 340 personas, además de mil 61 que todavía hoy se consideran desaparecidas, y causó daños por dos mil 86 millones de dólares. Ha sido uno de los más devastadores eventos en la historia de Filipinas y del Pacífico oriental, sin embargo, mucha de la devastación padecida ahí y en otras islas del Pacífico la causaron las malas políticas públicas, las malas decisiones al momento de urbanizar o construir infraestructura o al sobre-explotar recursos como el agua, aire o suelos; es decir, la destrucción es peor ahí donde un modelo de desarrollo sustentable brilla por su ausencia.

Ese enfoque no es un invento de Francisco. Si algo han demostrado tanto los terremotos como los huracanes que afectan a México, América Central y distintas naciones del Caribe es que las zonas más sobre-explotadas de los recursos son más propensas a padecer huracanes, por ejemplo, Villahermosa, Tabasco. La ciudad construida sobre los múltiples brazos del río Grijalva se ha convertido en una verdadera trampa de agua. Y fuera de México está el terremoto de Haití de enero de 2010 o la devastación que Mitch causó en Honduras y cuyos daños son todavía evidentes 16 años después.

Lo que es un hecho es que la ferocidad de los fenómenos naturales palidece cuando se consideran los daños que provocan la corrupción y la ausencia o el desinterés de las autoridades por imponer códigos de construcción que estén orientados a evitar la pérdida de vidas humanas.

El tono de lo que dirá Francisco en su encíclica será, con toda probabilidad, muy parecido a una de sus alocuciones en San Pedro en mayo de 2014: “La naturaleza no es una propiedad de la que podamos abusar a nuestro antojo, ni mucho menos es la propiedad de unos pocos, sino un don de todos, que debemos custodiar. Si destruimos la creación, la creación nos destruirá a nosotros. ¡Nunca lo olviden! Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, la naturaleza nunca”.

manuelggranados@gmail.com


Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2015/877498.HTML

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