sábado, 17 de enero de 2015

La pedagogía de Francisco

Manuel Gómez Granados.

Como un torbellino, el papa Francisco recorrió Sri Lanka y Filipinas. Sin prisa ni pausa, su andar por tierras de Asia le permitió llevar múltiples mensajes, tanto a quienes, en esos países, lo han recibido con entusiasmo como a quienes, a lo lejos, seguimos sus pasos. Sin establecer alguna jerarquía en los hechos y los dichos del antiguo arzobispo de Buenos Aires, hay dos momentos que conviene destacar. El primero, la manera en que rompió con la agenda y los protocolos de la visita papal, para acudir al templo budista Mahabodhi Viharaya.

El gesto es más relevante en la medida que Sri Lanka ha vivido un sangriento conflicto étnico y religioso que no ha logrado resolverse cabalmente y que atrapó a católicos y cristianos de otras denominaciones como víctimas de un fuego cruzado entre budistas e hinduistas. Como todo conflicto, el que se vive en Sri Lanka requiere pausas para distender, respirar y pensar en quebrar la violencia, que deja de ser un episodio aislado y se convierte en una cadena, en un ciclo de eventos enlazados y exacerbados entre sí. La visita al templo Mahabodhi Viharaya sirvió para ofrecer ese espacio, esa pausa.

La segunda actividad es la que tuvo lugar la mañana de este sábado en Leyte, epicentro de los daños causados en noviembre de 2013 por el tifón Yolanda. Más que una celebración litúrgica o un discurso ante dignatarios, o algún otro tipo de actividad, fue una emotiva reunión con los sobrevivientes del tifón y de otros desastres ocurridos en los últimos años en Filipinas. Un gesto humano. El Papa difícilmente podría resolver los problemas de las víctimas. No fue, pues, uno de esos eventos “a la mexicana” para “entregar apoyos”, ni para que el Papa se tome fotos que luego se exploten para fines comerciales o políticos. Fue una reunión para consolar y expresar cercanía, solidaridad y, sobre todo, para hacernos conscientes de que quienes pagan más por eventos naturales como Yolanda, son los más pobres, los más necesitados.

No es fortuito que un Papa, que ha expresado tanto interés en atacar las raíces de los problemas de pobreza y desigualdad, se preocupe también por establecer de manera explícita el vínculo entre pobreza y sobreexplotación de los recursos naturales. No es algo, por cierto, que haya ido a aprender a Roma. Su natal Argentina fue víctima en febrero, abril y noviembre de 2014 de una serie de graves inundaciones en distintas provincias argentinas que, como ocurre en otros países de América Latina, Asia y África, golpearon más a los más pobres. Es un patrón muy conocido que México también debería reconocer, dada la gravedad de los riesgos que enfrentamos.

El gesto de compartir un almuerzo sencillo será complementado a mediados de este año cuando se publique la encíclica sobre el clima, la ecología y sus efectos sociales que —como lo reveló el propio Francisco en el avión rumbo a Manila— contó con el apoyo del cardenal ghanés Peter Turkson, quien preside el Pontificio Consejo Justicia y Paz y quien, por su origen africano, conoce como pocos cuáles son los costos que las naciones en desarrollo pagan en la actualidad para lograr eso que algunos llaman “el desarrollo”.

La pedagogía de Francisco, centrada en los pequeños actos humanos, que no esperan al protocolo, a la negociación de complicadas agendas entre dignatarios, inspirada por la compasión, la misericordia y la cercanía a los más necesitados es, ni duda cabe, un bálsamo en épocas como la nuestra.

*Analista

manuelggranados@gmail.com


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