domingo, 1 de marzo de 2015

Al alza, la tendencia laboral de la pobreza

Manuel Gómez Granados.

Una de las estadísticas de nueva generación más útiles para comprender qué ocurre en México hoy es la que mide la llamada “tendencia laboral de la pobreza”. Es una estadística relativamente nueva porque solía ser que —al menos hasta los ochenta del siglo pasado— para que una persona se salvara de los males de la pobreza, bastaba que tuviera un empleo. No era necesario que fuera un cargo público de alto perfil. Bastaba un empleo como obrero calificado, de modo que, aunque uno no viviera como potentado, pudiera sostener a una familia. Ya no es así. Un número creciente de mexicanos, incluso con empleo en la economía formal, no logran escapar de la pobreza y eso es justamente lo que mide el indicador de la “tendencial laboral de la pobreza”.

El dato más reciente, que corresponde al cierre de 2014, señala que al menos 54 por ciento de la población del país no puede adquirir una canasta básica de alimentos con el salario que recibe. Ello implica que 62 millones de personas no pueden cubrir sus necesidades básicas a pesar de que el jefe de la familia a la que pertenecen cuenta con un empleo. Conviene considerar, además, que este indicador es uno de los que tuvo mal desempeño a lo largo de 2014. En concreto, el año pasado, el número de personas en esta situación aumentó 3.65 por ciento. Este incremento se explica, a decir del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social, —que es el autor del índice de Tendencia laboral de la pobreza—, porque los empleos que se están creando en la actualidad están mal remunerados.

Lo que dicen los ortodoxos es que esto se resolverá si crece la productividad y exportamos más. El problema con esa solución es que los mercados a los que se solía exportar ya no consumen como antes, de modo que sin importar qué tanto se esfuercen las empresas mexicanas por lograr aumentos en su productividad, será difícil que vean coronados sus esfuerzos. No sólo eso. Para elevar la productividad se requiere más inversión y las condiciones no son propicias para ello, pues el crédito privado se ha restringido y el gobierno no puede impulsar las políticas contra-cíclicas que serían necesarias ahora. Y peor, otro de los remedios que tradicionalmente se invocan para este tipo de problemas: aumentar la escolaridad, tampoco resuelve el dilema. De hecho, hoy —gracias a la automatización de muchos procesos—, es más fácil que una persona con bachillerato encuentre empleo a que lo haga una con licenciatura.

Las razones que los economistas ortodoxos dan resultan sospechosas ante el peso de la evidencia y si en la década pasada hablábamos de los noventa como “la década perdida”, la primera década del siglo XXI también fue una década perdida como lo ha sido la primera mitad de esta segunda década, de modo que acumulamos ya un cuarto de siglo perdido y sin signos de que las cosas vayan a mejorar en el futuro inmediato.

¿Qué hacer? Es claro que no podemos seguir apostándole al comportamiento cada vez más errático de los mercados globales. Incluso uno que era relativamente seguro, el del petróleo, nos ha fallado y no hay garantía de que las cosas vayan a mejorar pronto. Queda lo impensable para los ortodoxos: olvidarnos de las fantasías que nutrieron los sueños de la tecnocracia de los noventa y regresar a lo elemental, que es desarrollar el mercado interno, y facilitar que todas las personas cubran sus necesidades mínimas de alimentación capacitándolas para que produzcan sus propios alimentos.

manuelggranados@gmail.com


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