domingo, 22 de marzo de 2015

Francisco, año dos


Manuel Gómez Granados.

En un escenario como el mexicano, en el que es tan difícil encontrar motivos de esperanza, un cerillo que siquiera ilumine la opacidad a la que son tan afectos nuestros políticos, es refrescante voltear la vista a Roma, para ver la manera en que el papa Francisco celebró su segundo aniversario como obispo de Roma, título que él prefiere por sobre otros.

¿Cuál es la novedad de estos festejos? Entre el 13 y el 14 de marzo Francisco se confesó y confesó en Roma. Una semana después, el 21, ayer, se sentó a la mesa en Nápoles para comer con personas enfermas, que sobreviven, con el virus de la inmunodeficiencia humana, con reos, con homosexuales y transexuales.


La confesión, para el Papa Bergoglio, es un acto de profunda misericordia, un acto liberador y de reconciliación que nos permite recuperar la confianza en Dios y nosotros mismos, en nuestra capacidad para, a pesar de nuestros defectos, seguir adelante, si es que queremos cambiar para bien. Por ello, pidió que las diócesis del mundo sostuvieran jornadas de confesiones durante la Cuaresma; parece que pocas comprendieron la importancia del llamado.


El encuentro en Nápoles es un acto profundamente liberador. Liberó a la figura del Papa de las ataduras que imponen quienes no entienden que la Iglesia existe para quienes sufren y necesitan ayuda, para quienes están marginados, en las orillas, abandonados, y no para legitimar el poder, económico o político, de los que ya son poderosos o se consideran buenos. Como Jesús hizo en su momento con publicanos, pecadores y prostitutas, Francisco optó por la cercanía con marginados y delincuentes, con quienes más necesitan de la cercanía de quien es el vicario de Cristo. Ya lo decía Chesterton: la iglesia no es la asamblea de los puros, sino el hospital de los pecadores.


La visita a Nápoles, ayer sábado 21 de marzo, continuó la tradición de Francisco de olvidar los protocolos. Saludó, pero no hizo de la reunión con las autoridades civiles el centro de su viaje. No es gratuito, Nápoles —como otras regiones del sur de Italia— ha sido víctima de la violencia del crimen organizado, que no podría ocurrir sin el consentimiento de los políticos que, incapaces de pensar y construir un futuro mejor, se disciplinan a lo que el crimen organizado, la Camorra, decida.


Y es cierto, esa visita no cambiará súbitamente las cosas en una región que ha padecido mucho por la violencia, pero ofrece puntos de vista nuevos, que rompen la lógica de la exclusión, del descarte y de la sumisión al poder y al dinero. Una lógica que recupera la centralidad de la ética, de la moral, y coloca a las personas, sólo por el hecho de ser personas, en el centro de la discusión, de la reflexión y de lo que pudiera hacerse para mejorar las cosas. No en balde, en estos dos años, el obispo de Roma nos ha enseñado a rechazar “el descarte”; a reivindicar la inclusión como argumento y como práctica de la fe. Incluir a ancianos, niños, enfermos, pero también a reos, y a todos aquellos a quienes una moral sexual mal entendida convierte en criminales, en indeseables.


No está en manos del Papa cambiarlo todo, ni siquiera en la Iglesia, pero algo que hemos aprendido en estos 24 meses de pontificado es que cuando el Papa centra su trabajo en la promoción de la inclusión y la caridad, ayuda mucho pues devuelve, reconstruye, la esperanza. ¡Esa que tanta falta nos hace en México entender! ¡Urge devolver la esperanza como primer paso para reconstruir la confianza!



manuelggranados@gmail.com

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