sábado, 28 de marzo de 2015

Mejor base cero del modelo de desarrollo



Manuel Gómez Granados.

El gobierno propuso base cero para las negociaciones del presupuesto de 2016. Existen tantos compromisos adquiridos a lo largo de años y leyes que, dicen, esa sería la única solución para reorganizar bien los próximos presupuestos federales.

La idea de un presupuesto base cero resulta atractiva, mercadeable, porque tiene visos de apocalipsis, de un dramático final e inicio de los tiempos, pero, si somos serios, se antoja muy difícil. En primer término, los estados y los municipios están en la peor dependencia de los ingresos de la Federación. Los municipios cobran, cuando pueden o quieren, predial, agua, basura y algunos permisos y multas, y los estados cobran algo del impuesto del 2% de las nóminas que, en muchas ocasiones, condonan por plazos prolongadísimos cada que los gobernadores se encandilan con las promesas de alguna empresa que, a cambio de “crear empleos”, pide exenciones a ese impuesto.

Luego están todos los compromisos de deuda que han adquirido los tres niveles de gobierno, y el aparato burocrático. Nada de eso desaparecerá. Tampoco podrá hacerlo con el contrato colectivo del magisterio, las universidades y una larga serie de entidades cuyos instrumentos laborales tienen rango de ley, además de las pensiones del sector público. Y está el peso demográfico y la contribución de cada entidad al Producto Interno Bruto. Si las 32 entidades tuvieran poblaciones similares entre sí, sería posible. Sólo las diferencias demográficas (15 millones de habitantes del Estado de México y medio millón de Baja California Sur) hacen casi imposible pensar en base cero, lo que hace de esta discusión otro parto de los montes.

¿Por qué no pensar, en cambio, en una negociación base cero para el modelo de desarrollo? Nuestros mercados persiguen el elusivo sueño de ganar a China e India espacios en Estados Unidos. No lo logramos ni por haber sido aliados de EU en la Segunda Guerra Mundial sin haber padecido invasión (como Corea o China) y sin habernos aislado (como China e India) durante la segunda mitad del siglo XX, y a pesar de la frontera común y de tener más tratados de libre comercio que cualquier otro país. Más bien, al contrario, no han mejorado los términos de intercambio comercial, además de que una de las mayores siderúrgicas es de capital indio e, incluso, las banderas mexicanas del 15 de septiembre son Made in China, y no es creíble que podamos recuperarnos en lo que resta de esta década.

Repensar el modelo de desarrollo y dejar de creer que la solución es exportar, sin considerar los costos económicos y/o ecológicos, podría darnos ventajas, especialmente al considerar lo insostenible del modelo de desarrollo chino.

Sería excelente, por ejemplo, un presupuesto que invirtiera en las verdaderas necesidades del país y que simplificara trámites inútiles, unificara programas similares y eliminara duplicidades para ser más eficaces en la promoción de un desarrollo sustentable, humano, auténtico.

Se podrían recuperar las miles de hectáreas dedicadas a cultivar drogas para producir alimentos, así como fortalecer los mercados y acabar con la dependencia de las tarjetas de descuento dadas por gobiernos o partidos, que merman la confianza en las instituciones y humillan a quienes las reciben; también acabar con los repartos masivos de despensas y facilitar, en cambio, que las personas produzcan sus propios alimentos, incluso en las ciudades, como se hace en muchos países del primer mundo.

*Analista

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