sábado, 14 de marzo de 2015

Votar, a pesar de todo, votar


Manuel Gómez Granados.

De que hay una profunda desconexión entre lo que siente el mexicano de a pie y lo que piensan las dirigencias de los partidos políticos y los funcionarios de los gobiernos federal o de los estados, no hay la menor duda. El ejemplo más claro de ello es la llamada Reforma Energética que, aplaudida a rabiar por sus autores en el Congreso de la Unión, encontró poco eco entre las personas del pueblo. Otro ejemplo es la llamada Ley General de Aguas, que fue retirada para tratar de dar cauce a las críticas ante el temor de que regresemos a épocas de despojos, en nombre de un progreso desigual, que no logra los objetivos que se propone.

Esa desconexión entre lo que siente el pueblo y lo que impulsan los dirigentes se ha combinado, además, con el enojo que provocan los conflictos de interés y se agudiza cuando se ve el magro desempeño de la economía.

Es más relevante dicha desconexión porque este año celebramos elecciones federales. Es una elección muy importante, porque será la primera ocasión que se elija a diputados federales y, en algunos estados, como el Estado de México, a diputados locales y presidentes y cabildos municipales que podrán reelegirse hasta por 12 años consecutivos. Hay quienes dicen que la posibilidad de que los políticos se reelijan nos ayudará. Ojalá así sea, aunque hay muchas dudas sobre la manera en que se evitará que, por ejemplo, en 2018, un alcalde en funciones que busque reelegirse, no abuse de su cargo para lograrlo.

Están también los excesos del Partido Verde Ecologista, que parecería buscar que los castigos que le impone la autoridad electoral le den alguna legitimidad que, de otro modo, jamás lograría. Es un juego peligroso, que ha llevado a muchos ciudadanos, algunos de buena fe, a promover la abstención o la anulación como medio para expresar su rechazo a los abusos y excesos de los partidos políticos.

No hay evidencia de que ese tipo de esfuerzos sirvan de algo. Uno de los pocos casos exitosos es el de Argentina en los sesenta del siglo XX, pero se olvida que en ese entonces los militares habían proscrito al peronismo, el Partido Justicialista que controlaba a las dos centrales obreras más importantes de aquel país. Además, Juan Domingo Perón influía desde España, a donde acudían, en una especie de peregrinación, políticos argentinos. La apuesta por el anulismo que lanzó Perón tenía la ventaja, además, de que la ley argentina considera obligatorio votar y, a diferencia de la mexicana, impone penas a quienes no cumplen. Ninguna de esas condiciones existe en México. No hay partidos proscritos, los sindicatos no tienen esa capacidad de movilización y no hay caudillo que desde el exilio dicte órdenes.

De ahí que resulte preocupante que se tenga tanta fe en un mecanismo tan impráctico que, además, corre el riesgo de confundirse con la inevitable apatía que caracteriza a las elecciones intermedias. Habrá que ver qué tanta capacidad de movilización real tienen los anulistas/abstencionistas pero, salvo el caso argentino, no hay registro de cambios importantes en que haya resultados por renunciar a ejercer derechos. Todos los cambios logrados en el mundo en los últimos 250 años han sido por mayor participación ciudadana, sin importar qué tan defectuosas sean las instituciones electorales y sin importar que, como obstáculo adicional a la participación, haya el día de la elección un partido de la Selección mexicana de futbol contra su archirrival: Brasil.

*Analista

manuelggranados@gmail.com

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