domingo, 12 de abril de 2015

2015, lo que podemos elegir

Manuel Gómez Granados.

El inicio de las campañas para elegir diputados federales llegó con los presagios negativos que cualquier ciudadano podría esperar: ataques, descalificaciones, exhibir al otro sin asumir la responsabilidad por los errores propios y, sobre todo, el demencial gasto que va desde los “utilitarios”, las gorras, camisetas, lápices, encendedores y vasos con estampados de los candidatos, hasta la compra de cuentas falsas en las redes sociales, los “bots”, para enlodarse mutuamente. Mucho del gasto es superfluo, innecesario y no contribuye a mejorar nuestras vidas. Es una copia de las peores prácticas de lo que ocurre en otros países.


¿Qué es lo que falla si todos los partidos se acusan entre ellos de ser corruptos o de tolerar a corruptos en sus filas y no pasa cosa alguna? Parte del problema está en la traición que los partidos hacen de sus principios, pero otra parte está del lado de los poderes judiciales de las 32 entidades y el federal que, sumidos en su propia corrupción, no actúan.

Sin embargo, quienes vivimos la elección de 1976, con un candidato único por tres distintos partidos, sabemos que poder escoger es muy importante. Quienes dicen que las imperfecciones de la democracia mexicana son demasiadas, pierden de vista que —con sus errores— la democracia mexicana permite que cualquiera sea presidente, o gobernador. No se necesitan méritos especiales, ni siquiera haber sido un alumno brillante o haber acudido a una escuela de prestigio. En los últimos 30 años han sido presidentes todo tipo de personas y, salvo Carlos Salinas, todos lo fueron en elecciones competidas.


El problema de la democracia en México, y en cualquier país, es simple: cómo escogemos. ¿Qué resortes nos mueven (o no) a los mexicanos a participar o a participar de la manera que lo hacemos? En este sentido, algo que desanima de las encuestas que se publican en estos días, es que no sabemos escoger. La intención de voto expresada en las encuestas deja ver que no hay esperanza de cambio en el corto plazo, pues reincidimos en escoger a ciegas.

Enfrentado a problemas similares en España, el periodista Manuel Vicent dice que es una enfermedad peor que la fiebre aviar. La llama “ideología mórbida” y uno de sus síntomas es que nos “impide ver el lado sórdido de los políticos, pues aunque los medios descubran y aireen cada día sus delitos, malversaciones y robos descarados”, los electores piensan que esos vicios no son responsabilidad suya. Dice Vicent: “Los votas, pero tú eres un ciudadano honorable. Por mucho que los veas entrar y salir de los juzgados y de las cárceles”, esa fiebre te hace creer que basta con enojarte para salvarte. Y remata: “si de forma consciente votas a un político corrupto es porque tú en su caso harías exactamente lo mismo.”

Es difícil dar por cierto todo lo que dice Vicent, pero valdría la pena preguntarnos si el problema en México está sólo en los políticos y los jueces, o si está también en nosotros y la manera en que aprovechamos o no la oportunidad de votar. Y sí, la democracia mexicana, tiene muchos problemas. Quizás el más importante es que nunca la podemos considerar como perfecta. Ni siquiera en Inglaterra, Estados Unidos o Francia, las tres democracias más antiguas, la política está exenta de corrupción o abusos, pero ese es su inagotable atractivo. Francia, que recién celebró elecciones, deja ver que a los extremistas del Frente Nacional, lo mismo que a los terroristas, se les combate con votos, enviando a la Asamblea Nacional a las mejores personas.

manuelggranados@gmail.com


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