domingo, 26 de abril de 2015

La soledad de Francisco y de Solalinde



Manuel Gómez Granados.

Entre los hombres más solitarios en el mundo están, no hay duda, el papa Francisco y el padre Alejandro Solalinde. Cada uno, desde su respectivo lugar, libran una batalla para conmover las conciencias de las sociedades, global y mexicana, a propósito de un tema fundamental: el cuidado que le debemos a las personas que tratan de migrar. Que migrar sea un asunto peligroso es algo relativamente reciente en la historia de la humanidad. Solía ser que se reconocía no sólo el derecho, sino incluso la necesidad que las personas tienen de emigrar cuando las condiciones en sus lugares de origen lo hacían necesario.

El papa Francisco y el padre Solalinde son, de hecho, hijos de sociedades que han sido forjadas en buena medida por la migración. Argentina recibió más emigrantes europeos en los últimos 20 años del siglo XIX y los primeros 20 del siglo XX, que Estados Unidos o Australia; y México es un país que ha vivido en buena medida de los recursos que los emigrantes mexicanos, la inmensa mayoría de ellos indocumentados —más de nueve millones— envían a nuestro país.

A pesar de ello, Francisco y Solalinde tienen serios problemas para sensibilizar a los europeos y a los mexicanos de la responsabilidad moral para con los emigrantes que tratan de llegar a Europa y para con los centroamericanos, que cruzan México para tratar de llegar a Estados Unidos.

El papa Francisco acudió a Lampedusa, un guijarro en la inmensidad del mar Mediterráneo, para expresar su solidaridad con miles de africanos, la mayoría musulmanes, impedidos de regresar a sus países de origen o de encontrar algún transporte que los lleve al continente. Desde que Francisco tuvo ese gesto, antes de cumplir su primer semestre en Roma, se observan cambios en el discurso y las actitudes públicas de los obispos europeos.
Solalinde, en cambio, está más solo que una ostra. El gobierno lo rodeó junto a 400 emigrantes centroamericanos a los que él acompaña. No sólo eso, funcionarios del Instituto Nacional de Migración y la Gendarmería, amenazaron con arrestarlo por traficar personas. Luego de algunas escaramuzas en Oaxaca, Solalinde logró llegar a la Basílica de Guadalupe e incluso partió, con el contingente, rumbo a Querétaro. Ahí, el gobierno hizo algo que ni el gobierno de Estados Unidos haría en alguna de las marchas que los indocumentados mexicanos han organizado en Los Ángeles o Washington, DC: arrestó (aseguró) a 24 de los indocumentados, a pesar de que contaban con amparos. Lo hizo en Querétaro, donde la soledad de Solalinde era más pronunciada, pues no hubo almas dispuestas a ayudarlo. A pesar de ello, el sacerdote anunció que seguirá cumpliendo con aquello de acoger hambrientos, desposeídos, enfermos y a quienes, como él, están solos en la soledad de la migración.

Por ahora Solalinde lucha para que el Instituto Nacional de la Migración libere a los arrestados en Querétaro, mientras hace ver la profunda contradicción del gobierno que, al inicio de esta administración, le entregó el Premio Nacional de los Derechos Humanos y ahora lo hostiga.

Quizás sea necesario que los organismos internacionales de protección a los derechos humanos se fijen en lo que hace Solalinde para remediar esta peligrosa soledad. Quizás si a él lo consideraran para un premio como: el Princesa de Asturias de la concordia 2015, para el que son candidatas Las Patronas de Veracruz, las mujeres que cumplen con aquello de dar de comer al hambriento, las cosas podrían cambiar y la Gendarmería dejaría de hostigarlo como lo hace.

manuelggranados@gmail.com


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