sábado, 9 de mayo de 2015

Francisco, la diplomacia de la misericordia




Manuel Gómez Granados.

No es la primera vez que un Papa se encuentra con alguno de los hermanos Castro, pero esa visita es el preámbulo de la que el Papa realizará a Cuba como parte de un recorrido más amplio por América del Norte, que incluirá intervenciones en la sede de Naciones Unidas en Nueva York y en una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos en Washington, DC. Será un final de verano muy agitado para el pontífice que, un poco antes, visitará Ecuador, Bolivia y Paraguay del 6 al 12 de julio, además del viaje relámpago a Sarajevo, Bosnia, del 6 de junio.

Que Francisco visite Estados Unidos y Cuba en momentos en que esos dos países tratan de resolver las diferencias estériles que los han mantenido confrontados durante casi 60 años, no sólo corona los esfuerzos de la diplomacia de la misericordia que ha practicado el papa Bergoglio desde que fue electo sucesor de Pedro a principios de 2013. Culmina un esfuerzo sostenido por la Santa Sede desde que, a pesar de las presiones para romper con Fidel Castro, Pablo VI nombró a Cesare Zacchi como nuncio en 1974, luego de casi 12 años de enfriamiento de las relaciones, y un largo recorrido de muchos actores como el cardenal Roger Etchegaray.

El verano de Francisco estará marcado también por la publicación de su encíclica sobre el cuidado del medio ambiente. Como suele ser el caso de muchos de los esfuerzos del actual pontífice, hay fuertes presiones de algunos de los sectores más conservadores para que el Papa guarde silencio. Los conservadores quieren que, como decimos en México, “no haga olas”. No quieren que hable de salarios justos, desigualdad, exclusión. No desean escuchar su voz en defensa de los migrantes. Tampoco quieren que critique los abusos que se cometen, por ejemplo, en la minería. Menos están dispuestos a escuchar posibles advertencias sobre las consecuencias de los gases de efecto invernadero en los patrones de calentamiento global o acerca del riesgo que genera explotar petróleo por medio del fracking, que —según el Servicio Geológico de Estados Unidos— aumenta el riesgo de que ocurran sismos (se puede consultar el reporte enhttp://earthquake.usgs.gov/research/induced/). 

Hay una coalición de grupos interesados en poner una blanca mordaza al Papa, de modo que no toque temas controversiales y que, cuando los toque, sea sólo para reafirmar lo que esos grupos creen que es la verdad. Esas presiones continuarán cuando se celebre en Roma la segunda parte del Sínodo sobre la Familia. Ya hay una inusual alineación de cuatro cardenales y dos docenas de obispos que se dicen estar dispuestos a resistir cualquier cambio que el maloso de Bergoglio trate de imponer a una Iglesia que, según ellos, no debe cambiar nunca nada. Las redes sociales, lo mismo que YouTube, están cuajados con las amenazas veladas al Papa de los nuevos guardianes de la fe.

La gran ventaja que tiene el papa Francisco es que haber sido arzobispo de Buenos Aires durante casi 16 años le permitió conocer todos los excesos, todas las contradicciones de las que somos capaces los humanos, especialmente quienes actúan en la esfera pública. Nada hay en el arsenal de quienes piden, directa e indirectamente, que el Papa se calle, o que no actúe, que le sea desconocido.

Hay en el ministerio y la pedagogía de Francisco tres constantes: su alegría, su profunda fe en la capacidad del diálogo para resolver los problemas y su libertad. Cuando en mayo de 2005, el entonces presidente de Argentina, Néstor Kirchner se molestó por el tono que usaba el cardenal Bergoglio en sus mensajes con motivo de la independencia nacional, el entonces arzobispo no se echó para atrás. Tres años después, cuando Cristina Kirchner enfrentó las movilizaciones de los productores agropecuarios, Bergoglio volvió a decir durante el Te Deum de mayo lo que creía que era necesario decir.

Ni don Néstor ni doña Cristina entendieron que buscar a otro obispo argentino dispuesto a no criticarlos para cumplir con el protocolo del Te Deum era una mala idea. Como el Te Deum de todos modos se celebraba en la catedral metropolitana de Buenos Aires, lo dicho por el entonces cardenal Bergoglio se convirtió en uno de los muchos sensores de lo que en realidad ocurría en Argentina. Lejos de restarle importancia a lo que Bergoglio decía, le dieron mayor relevancia y, sin insultar, sin perder la alegría y sin dejar de tender su mano, decía lo que él creía que era necesario decir.

Ése es el cálculo que no hacen quienes quisieran que el Papa guardara silencio. No lo hacen, sobre todo, quienes le reclaman al Papa que reciba a Castro y visite Cuba. No logran ver que, al actuar como lo ha hecho, el Papa y lo que él representa ganan libertad para actuar y decir lo que él cree que es necesario decir.

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