sábado, 6 de junio de 2015

Alabado seas…





Manuel Gómez Granados.

Alabado seas, Señor mío, en todas tus criaturas/ especialmente en el señor hermano sol/ por quien nos das el día y nos iluminas. Así comienza el Cántico de las criaturas, una de las monumentales miniaturas que Francisco de Asís regaló a la Iglesia. Con esas palabras inicia también la encíclica Laudato Sii del papa Francisco que, si todo va conforme a lo planeado, se publicará el 18 de junio con un subtítulo significativo: “Sobre el cuidado de la casa común”.

Parte de la importancia del documento, una de las encíclicas más comentadas desde antes de su publicación, radica en que el Papa ha tenido mucho cuidado en alinear el contenido tanto con las enseñanzas sociales del cristianismo, como con la evidencia científica disponible acerca de las consecuencias del ritmo al que consumimos los recursos naturales. En los círculos del catolicismo más conservador y recalcitrante, se ha intentado desacreditar a la encíclica como un ataque a la Tradición, así, con mayúscula, sin ver que —además de recuperar las palabras de Francisco de Asís— el papa Bergoglio ha hecho de su pontificado un ejercicio de aggiornamento, de puesta al día, pero en ningún momento de destrucción o de ataque a las más venerables tradiciones del catolicismo. Los ataques a Francisco no se limitan a la inminente encíclica; a finales de mayo, por ejemplo, un par de conspiradores que se presentaron como mandos de la policía italiana, aprovecharon el paseo que el papa emérito Benedicto realiza a diario por los jardines vaticanos para entregarle materiales escritos en los que se llama “vicario del anti-Cristo” al actual pontífice.

Más allá de estas bajezas, que recuerdan las que se cometían en los setenta contra Pablo VI, la encíclica arrojará una mirada renovada de la manera en que usamos los recursos naturales. Será una reflexión iluminada por la misericordia y preocupada por lo que ocurre en las periferias; informada por la ciencia, pero que no depende ni se subordina a la ciencia. Será una reflexión centrada en el uso justo y responsable de los recursos, que continúa las que uno encuentra ya desde las Sagradas Escrituras que, sin ser libros de ciencia, hablan desde el Antiguo Testamento de la necesidad de rotar los cultivos, de saber cuidar la tierra y dejarla descansar para no agotar sus recursos. Ejemplos de esas recomendaciones están en los libros de Éxodo(capítulos 21-23 y 34), en Levítico (caps. 17-19 y 22-27), en Números (caps. 35-36) y Deuteronomio (caps. 5, 12 y 20-28), además de las advertencias de profetas como Ezequiel (cap. 34), quien hablaba de la necesidad de cuidar el agua, de no ensuciarla para que otros pudieran aprovecharla.

No todo lo que dice la Biblia tiene una base científica, como en el caso de las prohibiciones de la combinación de cultivos en una misma parcela de las que habla el libro de Deuteronomio, que ahora se sabe es una práctica positiva para los suelos. Pero todo lo que dice la Biblia tiene una profunda base moral, ética. Es por eso que Francisco, como lo han hecho otros papas en los últimos 150 años, desde que León XIII publicó Rerum Novarum, no duda en recurrir a lo que el conocimiento científico aporta para preservar el medio, la casa a la que hace referencia el subtítulo de la encíclica. La preocupación central de la encíclica no es dictar a la ciencia, los gobiernos o las empresas cómo realizar sus actividades. Lo que preocupa al Papa es que se respete la dignidad humana y seamos conscientes de las consecuencias que tiene la manera como usamos los recursos naturales en un contexto de creciente concentración global de la riqueza. Las estadísticas muestran que uno por ciento de la población es dueña de 49% de la riqueza generada. La preocupación por los efectos de las estructuras injustas que generan pobreza no es reciente o espuria. Es una interpelación constante de todos los papas, desde León XIII hasta Benedicto XVI, quien dedicó parte de su encíclica Caritas in Veritate a analizar las causas de la crisis financiera de 2007, que no fueron sólo ni principalmente económicas; son causas de orden moral que, en gran medida, siguen intocadas, como lo acreditan las cifras de desempleo a escala global, la creciente presión para emigrar, así como el atractivo de distintas formas de fundamentalismos. El papa Francisco no reescribirá con su encíclica Laudato Sii aquello en lo que creemos los católicos. Él invitará a las personas de buena voluntad que deseemos escucharlo a repensar la manera en que usamos los recursos y, muy probablemente, nos recordará, en momentos en que crece el número y la intensidad de los conflictos militares convencionales y no convencionales, a practicar lo que Pablo VI dijo enPopulorum Progressio: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz” y el desarrollo, para no ser sólo crecimiento, debe ser sustentable.

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