domingo, 27 de septiembre de 2015

Bergoglio, radical de la inclusión


Manuel Gómez Granados.

Los últimos días han sido los días del papa Bergoglio. Incluso en países como el nuestro, azotados por la plaga de malas noticias, ha sido casi imposible evitar prestarle atención a los trabajos de este hombre que, como él mismo reconoce, “ha sido llamado por Dios cuando ya es viejo… a custodiar la unidad de la Iglesia universal”. Y no es sólo por la manera, uno podría decir providencial, en que acogió a Sophie Cruz, la hija de una familia de emigrantes oaxaqueños que corrió a sus brazos en las calles de Washington, DC, que le pidió al papa interceder para que sus padres no vivan con la zozobra que provoca el temor de ser deportados, han sido todos los gestos testimoniales en este viaje apostólico por Cuba y Estados Unidos.

En La Habana, Holguín y Santiago, el papa Francisco delineó con mano delicada pero con voz firme las diferencias entre el programa de la revolución cubana y lo que el Evangelio pide de quienes decimos creer en Dios y su hijo Jesucristo: “servir a las personas, no a las ideologías”, la primacía de la familia y la necesidad de no renunciar a la esperanza de que somos capaces de construir sociedades más justas, más humanas, más respetuosas de todos los derechos, incluido el derecho a la libertad religiosa. Los recorridos en Holguín y Santiago son especiales porque sólo  26 y  24 por ciento de los habitantes, respectivamente, son católicos. Son una minoría a la que Francisco buscó para dejar en claro que su interés en las periferias no es un recurso retórico.

Este salir al encuentro de quienes están en las periferias, de los marginados, de los excluidos, forma parte de una teología centrada en la inclusión que Francisco adelantó en los distintos mensajes que pronunció en Cuba y Estados Unidos y que implica realizar actos tan misericordiosos que resultan subversivos y han llevado a que algunos llamen al papa un “radical de la inclusión”. Esta teología de la inclusión de Francisco delineada en la Casa Blanca, el Congreso de Estados Unidos, la Asamblea General de Naciones Unidas, así como en la catedral de San Patricio en NY al referirse a las monjas de EU, alcanzó su mayor expresión en el conmovedor mensaje que pronunció en la sede de Cáritas de Washington, donde recordó que Jesús nació como una persona sin techo, como un homeless, y se extenderá a su visita, mañana domingo, a la prisión de Curran-Fromhold en Filadelfia, una de las más injustas de EU por la manera tan opaca como opera. También lo fue su decisión de canonizar a Junípero Serra en una misa en español, que dignificó y elevó tanto al nuevo santo como a quienes, como el santo, hablan español y padecen discriminación y rechazo, es decir, exclusión.

La teología de la inclusión en el mensaje ante Naciones Unidas podría resumirse en la idea de que si deseamos construir una paz duradera, sustentable, es necesario incluir a todos tanto en los ámbitos nacionales como en el internacional: “la exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad y una grave violación de los derechos humanos y ambientales” que, golpea más gravemente a los pobres que se ven obligados a vivir “del descarte”, en una cultura cuyo origen está en el egoísmo que excluye y margina a los más débiles, frente a la cual es necesario reafirmar el derecho a la triple T: techo, trabajo y tierra.

¿Qué queda para nosotros? En la canonización de Serra, Francisco expuso una verdad clave para comprender y remediar los problemas que enfrentamos hoy: “El pueblo santo de Dios, sabe transitar los caminos polvorientos de la historia atravesados tantas veces por conflictos, injusticias, violencia para ir a encontrar a sus hijos y hermanos. El santo pueblo fiel de Dios, no le teme al error; le teme al encierro, a la cristalización en élites, al aferrarse a las propias seguridades”.




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