sábado, 24 de octubre de 2015

De Guatemala a Argentina


Manuel Gómez Granados.

Mañana domingo Guatemala y Argentina celebrarán elecciones presidenciales. Guatemala realizará la segunda vuelta y Argentina la primera vuelta. Los candidatos chapines son el humorista y pastor evangélico Jimmy Morales y la señora Sandra Torres, exesposa de Álvaro Colom, presidente de Guatemala de 2008 a 2012, y de quien se divorció para poder ser candidata a la presidencia. En Argentina, los candidatos más notables son Mauricio Macri, jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; Sergio Massa quien, entre 2008 y 2009, fue jefe de gabinete de Cristina Kirchner, y Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Ambas elecciones ofrecen espejos en los que vale la pena vernos, como el balotaje o segunda vuelta, que ambos adoptaron para crear gobiernos sólidos.

En Guatemala, no fue la segunda vuelta lo que ha renovado la democracia y la esperanza. Fue la decisión de acabar con la impunidad, mal que está en el origen de muchos de los problemas de América Latina. La solución se logró cuando, bajo el auspicio de la ONU se creó, en 2006, la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala. La CICIG ha creado un modelo de procuración de justicia en el que los altos cargos del Estado guatemalteco enfrentan un escrutinio sin paralelo. El resultado ha sido un desfile de funcionarios de todos los niveles, incluido el ahora expresidente Otto Pérez, que han sido forzados a renunciar y, en algunos casos, se encuentran tras las rejas a la espera de un juicio o ya de plano con una condena.

Ese contexto hizo viable la candidatura de Jimmy Morales. Un político que no se ajusta a los cánones de la política chapina; similar, quizás, al Vicente Fox de finales de los noventa o, más recientemente, a Jaime El Bronco Rodríguez, gobernador de Nuevo León. Sin importar lo que lograría si gana la presidencia, Morales capturó la imaginación de quienes están hartos de la corrupción, la desigualdad y la pobreza. En conjunto, el combate a la corrupción propiciado por la CICIG y el carisma de Morales han llevado a que muchos guatemaltecos recuperen la confianza en la democracia, como lo demostró el súbito aumento en la participación electoral en la primera vuelta que, de cualquier modo, tendrá que confirmarse mañana y sumarse a un buen gobierno de quien gane la elección para poder imaginar un futuro distinto para nuestro vecino al sur.

En Argentina la situación es más compleja. En agosto de este año, se celebraron las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, que son el mecanismo que permite a los partidos o frentes elegir a sus candidatos a los cargos de elección. A diferencia de lo que ocurre en México donde, a pesar de los muchos problemas que padecemos, hemos logrado dar alguna coherencia al calendario electoral al eliminar —salvo en Chiapas— las elecciones locales en fechas distintas a las federales, en Argentina el calendario electoral es un caos en el que cada provincia hace lo que se le pega la gana. El caso más notable ocurrió, en septiembre de este año, en las elecciones de gobernador de la provincia de Tucumán. Los comicios allí acabaron en un conflicto sin precedentes que sacó a relucir lo peor del peronismo. Ahí se cometieron abusos, como la quema de urnas, intimidación de los opositores al peronismo, los muertos resucitaron para votar por el peronismo, y se reprimió con saña a quienes protestaron contra el fraude electoral. Nada detuvo al peronismo que, al estilo del PRI de los 1970, se impuso.

Mañana, el peronismo estará representado por el delfín de la señora Kirchner, Scioli, y —en menor medida— por uno de sus excolaboradores más cercanos, Massa. Que el elector argentino enfrente esa realidad, obedece al diseño electoral que hace que el balotaje sea necesario si y sólo si se cumple la regla del 40 y 10. Esa regla implica que para ganar en la primera vuelta, una fórmula debe tener al menos el 40 por ciento del total y la diferencia entre primera y segunda fórmula con mayor número de votos no debe ser mayor al 10 por ciento. Como están las cosas, lo más seguro es que Scioli, el candidato kirchnerista, y Macri, se enfrenten en el balotaje, pero ello podría evitarse si Massa quita suficientes votos a Macri para que la diferencia entre Scioli y Macri sea de más del diez por ciento.

A la luz de la incertidumbre que genera el modelo argentino, es claro que el balotaje no garantiza cosa alguna y que, a pesar de que nuestro sistema electoral padece deficiencias, la inversión hecha en el IFE, ahora INE, ha evitado episodios como el llamado Tucumanazo. Urge que, además de apreciar las cosas en las que tenemos ventaja sobre Argentina, tengamos la humildad necesaria para apreciar lo que han hecho en Guatemala para atacar de fondo la corrupción y hacer nuestra esa experiencia. Sólo así recuperaremos la confianza en la democracia y sus instituciones.



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