domingo, 25 de octubre de 2015

La ciudad excluyente


Manuel Gómez Granados.

Las ciudades son el espacio de la seguridad y las libertades. Así ocurrió en la ciudad de México, incluso cuando las acciones eran sumamente precarias, como en los asentamientos irregulares de lo que ahora es la delegación Iztapalapa en los cincuenta. Quienes venían a la ciudad de México, accedían a empleos, médicos y escuelas. La ciudad fue el epítome del desarrollo. En los 1960, el DF estrenó sus primeras tres líneas del Metro y ello hablaba de la posibilidad de que el DF siguiera la ruta de otras megalópolis, como Nueva York, París o Londres en las que el transporte público integra y soporta mercados eficaces, productivos, que permiten el desplazamiento diario de millones de personas, además de favorecer prácticas democráticas, incluyentes. No fue así. El modelo de urbanización se ha centrado en el auto particular y el transporte concesionado. Es un modelo insostenible, que requiere acomodar en dobles o triples pisos más y más autos. El resultado es que la ciudad de México es la urbe en que, para transportarse, sus habitantes sufren más estrés y se desperdicia más tiempo para ir del hogar al empleo o la universidad.

A ello se deben agregar paradojas terribles: ¿Cómo es que las tres líneas del Metro construidas en los sesenta, la 1, 2 y 3, han resistido terremotos, choques y el abuso cotidiano mientras que la Línea 12, construida con tecnología moderna lleva casi dos años y medio parada? Nadie lo sabe. Ni siquiera la corrupción lo explica. Nadie creería que en los sesenta no había corrupción. La había, pero se contuvo de modo que lo robado no fuera más que lo construido. Con la Línea 12 no se pudo. La tecnocracia resultó más inepta o más corrupta que los viejos dinosaurios.

Y si los segundos pisos que sólo sirven a quienes tienen más dinero y la Línea 12 no fueran suficientes, se aprestan nuevos golpes contra la vida en la ciudad. El gobierno federal se empeña en construir un tren a Toluca desconectado de la red del Metro, como ha ocurrido con el Suburbano de Buenavista a Cuautitlán y contradictorio ya desde su diseño. ¿Por qué, si se construirá un tren para desalentar el uso del auto en viajes entre la capital del país y la del Estado de México, se insiste en construir al mismo tiempo un segundo piso para la autopista México-Toluca que alentará el uso del auto particular? ¿Nadie en la SCT advierte la contradicción o se trata de contratos para pagar favores?

El otro golpe lo apresta el Gobierno del DF. Se trata del Corredor Chapultepec, popularmente conocido como #Shopultepec, porque además de ser una obra diseñada fundamentalmente para los autos que actualmente van de Constituyentes a Fray Servando Teresa de Mier y puntos intermedios, es un proyecto que construirá a la altura de Avenida Chapultepec un centro comercial privado y elevado que hará que en esa zona no haya banquetas ni plazas ni espacios públicos. Ello será así, pues el Corredor se construirá gracias a una concesión por 40 años que no incluye mejoras, por ejemplo, al pésimo servicio de transporte público de Chapultepec hasta La Merced. Lo peor: para moverse en esa zona, será necesario subir decenas de escalones o usar rampas muy pronunciadas, que excluirán a personas ancianas y discapacitadas, además de que —como sucede en los centros comerciales privados— será imposible que un grupo de personas se reúna sin consumir en algún negocio o tomar fotos libremente. No habrá calle y lo que haya no será accesible para muchos. Lo que emerge es una ciudad más excluyente.

manuelggranados@gmail.com

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