domingo, 15 de noviembre de 2015

La Antártida, el petróleo y el tráfico en México


Manuel Gómez Granados.

En estos días, noticias aparentemente contradictorias han recorrido el mundo. Por una parte, se dijo que la extensión del hielo en el Océano Glacial Antártico es mayor que nunca antes. Por la otra, se dijo que el hielo en tierra firme en la Antártida desaparece a un ritmo sin precedentes. La NASA se apresuró a explicar que cuando se consideran las pérdidas y ganancias de hielo, las pérdidas son mayores, así como el hecho que el hielo en los océanos y mares es mucho más frágil que el que se encuentra en tierra, al tiempo que insistía en que nos encontramos en un momento terrible de fragilidad de los ecosistemas globales marcado por la posibilidad de que lleguemos a una temperatura promedio dos grados centígrados mayor a la que existía en el siglo XVIII, justo antes del inicio de la Revolución Industrial.

No es una historia que se le ocurra a los miembros de Greenpeace para hacernos sentir culpables. Es un riesgo real, serio y grave que, no en balde, formó parte de la reflexión que el papa Francisco adelantó en su encíclica “Laudato Sí, sobre el cuidado de la casa común”. Es un riesgo que estará en el centro del debate durante la COP21, la cumbre sobre la sustentabilidad del desarrollo económico que se celebrará a principios de diciembre en París, Francia, bajo los auspicios del Programa Ambiental de Naciones Unidas (www.unep.org), que presentará —entre otros documentos— el “Reporte sobre la disparidad de las emisiones 2015”, cuyo contenido fue adelantado ya desde el 6 de noviembre de este año, y que es el documento base para que todos los países reduzcan las emisiones de carbono a la atmósfera.

Además de voces que tradicionalmente exigen medidas para reducir las emisiones, como la ONU o Greenpeace, así como de voces nuevas en este debate global, como la del papa Francisco o el Dalai Lama, también se han sumado, de manera sorpresiva,  petroleras como la británica BP, antes conocida como British Petroleum, además de Exxon. BP, por ejemplo, dedicó la semana que recién terminó a publicar su propuesta para depender menos de la producción de petróleo y carbón y reducir así las emisiones contaminantes. La propuesta de BP es elevar impuestos o crear mercados de intercambio de emisiones que hagan más eficaz el uso de petróleo y carbón. Exxon, mientras tanto, libra una batalla para convencer al público, a sus inversionistas y a los fiscales de Nueva York de que no cometió fraude al ocultar, desde los ochenta, información que ellos aparentemente poseían sobre los efectos, ya entonces evidentes, del calentamiento global. Si la fiscalía de NY prueba que Exxon ocultó información, las multas serían descomunales.

La pena es que en México vivamos estos debates con notable retraso. En la ciudad de México se planea el desarrollo urbano como si viviéramos en 1985. Se insiste, por ejemplo, en construir infraestructura que generará más emisiones, pues genera más tráfico, lo que reduce hasta en un diez por ciento la productividad de la planta productiva de la Ciudad de México. Además, ante el fracaso de las primeras dos rondas de subastas de campos petroleros, se han reducido los requisitos para que petroleras extranjeras participen en licitaciones petroleras, lo que aumentará los riesgos de derrames y —dada la debilidad financiera de los nuevos inversionistas— de malas respuestas a ese tipo de desastres. La COP21 y las iniciativas que se propondrán ahí podría ser nuestra última oportunidad para actuar no sólo en el DF, sino en todas las ciudades del país y reducir ya el uso del auto.

manuelggranados@gmail.com

http://www.cronica.com.mx/notas/2015/930684.html

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