domingo, 13 de diciembre de 2015

Desventuras de la democracia

Manuel Gómez Granados.
En el ocaso de 2015 vale la pena evaluar el año electoral en América Latina a la luz de lo que fueron, al inicio de los ochenta, las transiciones a la democracia. Al cumplirse 32 (Argentina), 30 (Brasil y Uruguay) y 29 (Guatemala) años del retorno de la democracia, conviene recordar algo del ánimo con el que se reimplantaron las democracias. La generación de Raúl Alfonsín, José Sarney, Julio María Sanguinetti y Vinicio Cerezo, parecía capaz de conjurar los demonios de la inestabilidad y que íbamos en ruta a construir mejores sociedades. No fue así.
No todo se perdió; Uruguay, por ejemplo, ha tenido una serie de gobiernos civiles que incluyó más recientemente a José Mujica, quien aportó la posibilidad de imaginar presidentes latinoamericanos humildes, sensatos, libres de corrupción y capaces de vivir de manera simple, alejados del boato y los excesos. Tristemente, Uruguay ha sido la proverbial golondrina incapaz de traer una primavera. Ningún otro país de la región ha logrado entender las virtudes de la moderación de sus políticos y evitar excesos, retóricos o de otro tipo. Más bien, los últimos 20 años han sido la época de lo que la Brookings Institution, llama “la fiebre reeleccionista, que lamentablemente goza de muy buena salud y es una mala noticia para América Latina, caracterizada por la debilidad institucional, la personalización de la política, la crisis de los partidos y el híper presidencialismo”.
Gracias a los excesos de nuestros políticos, nuestras democracias son demasiado débiles, dependen de figuras que se eternizan en los cargos y de redes de incondicionales. Así ha sido con Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Y no es cierto que sean sólo las izquierdas. Quien detonó la fiebre reeleccionista fue Carlos Saúl Menem cuando reformó la constitución en 1994 para permitir una reelección y luego, en 1998, cuando trató de establecer la reelección ilimitada, y Álvaro Uribe, muy de derechas, quiso seguir la misma ruta reeleccionista en Colombia.
La variante de la fiebre que incluye a los familiares de los “caudillos democráticos”, también se manifestó primero en Argentina: Cuando Néstor Kirchner buscó a su sucesor en 2007, no tuvo que ir más allá de su recámara. Su esposa Cristina Fernández le sucedió y ella misma se reeligió en 2011 y, como Menem, exploró la posibilidad de reelegirse de manera indefinida. Hay incluso quienes, como Sandra Torres, ex esposa de Álvaro Colom, expresidente de Guatemala, se divorciaron de sus maridos para ser candidatas a la presidencia.
Las elecciones de 2015 en América Latina renovaron la esperanza en algunos países. En Guatemala parece que fortalecen la reforma anti-corrupción. En Venezuela, luego de 16 años, la población decidió limitar a Nicolás Maduro, al entregar el Congreso a la oposición. Algo parecido, aunque menos contundente, ocurrió luego de doce años de gobiernos de los Kirchner en Argentina, con la victoria de Mauricio Macri que enfrenta una situación muy difícil por los caprichos de la señora ex presidenta, quien en la agonía del poder retacó la nómina gubernamental con incondicionales, saboteó la ceremonia de traspaso del poder con actitudes propias de un culebrón e insinuó el retorno del peronismo violento e intolerante, que saboteó a Alfonsín y a Fernando de la Rúa.

En Brasil, Dilma Rousseff ganó su reelección, pero lo hizo gracias a una pirámide de corrupción que creó un socavón del tamaño de Maracaná en las finanzas del Estado. Como están las cosas, la señora presidenta podría serlo hasta 2018, pero lo será en condiciones de suma fragilidad. Ojalá que 2016 sea mejor.
manuelggranados@gmail.com

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