sábado, 30 de enero de 2016

¿Fracasó la democracia mexicana?

Manuel Gómez Granados.

La razón de ello fue la publicación casi simultánea de varios índices y otros datos relevantes para comprender lo que sucede en México. Sobresalen el de democracia de The Economist Intelligence Unit; el de desarrollo democrático de la Fundación Konrad Adenauer, el de percepción de corrupción de Transparencia Internacional y el de libertad de prensa de Freedom House. Entre las cifras destaca la que habla de, al menos, cuatro mil denuncias por tortura en los últimos ocho años, es decir, casi 500 de ellas al año. A ello hay que agregar la pésima cotización del peso frente el dólar, así como los débiles precios del petróleo.

El problema con los índices no es sólo que las cosas están mal. A eso ya estamos demasiado acostumbrados. Lo grave es que las cosas, lejos de mejorar, han empeorado en los años en que —al menos en teoría— hemos vivido “en democracia”. Esto es peor al considerar el monumental gasto destinado a fortalecer, tanto a los partidos como a lo que era el IFE-INE y al Tribunal Electoral. Muchos han criticado ese gasto desde que, a finales de los noventa, se nos dijo que era necesario que el dinero público financiara a las burocracias de los partidos para garantizar que el crimen organizado y otros intereses privados no se adueñaran de las estructuras y las candidaturas de los partidos. Hasta ahora no hay evidencia de que lo hayamos logrado.

Más bien, hay evidencia de que nuestra democracia ha fracasado, pues todos los partidos han sido penetrados por el crimen organizado. Ninguno de ellos se salva y, a pesar de la retórica del PAN, PRD y PRI de apego al Estado de derecho, hay casos que hablan de lo contrario: Lucero Guadalupe Sánchez López de Sinaloa, la familia Abarca de Guerrero o Humberto Moreira, exgobernador de Coahuila, para hablar de los más notables que, respectivamente, involucran a los tres principales partidos. Y si esos casos extremos no convencieran a los optimistas, ahí está el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (disponible en http://www.tm.org.mx/ipc2015/) para probarlo: México es el país más corrupto de la región OCDE, título al que nunca aspiramos, pero que ya es nuestro.

Nuestra democracia ha fracasado, como lo acredita el seguimiento que la Fundación Konrad Adenauer ha hecho en los últimos 13 años. Esto se advierte en el hecho que en la edición 2015 del Índice de Desarrollo Democrático hay pocas fortalezas de la democracia mexicana (el estudio está disponible en http://bit.ly/KAdenauerIDD2015, México se discute a partir de la página 161). Más bien lo contrario, abundan las debilidades y los problemas agravados por el hecho de que, mientras vivimos las vacas gordas de los precios del petróleo, no se redujo la pobreza y la riqueza se concentró cada vez más.

La democracia mexicana ha fracasado, porque lejos de profundizar prácticas democráticas como la libre expresión de ideas, la libertad de prensa no existe para propósitos prácticos en amplias franjas del territorio nacional, como lo señala la Freedom House que, con problemas, le otorga a México una calificación de “parcialmente libre” (disponible en  http://bit.ly/FreedomHMexico2016).  A su vez, The Economist señala que, al menos desde 2014 (disponible en http://bit.ly/EcoIDemocracy2014), en México existe una democracia fallida, plagada de errores, que no cumple con lo que se espera. Gracias a ello, le asigna una calificación de 6.6, es decir pasamos de panzazo y que lejos de mejorar, empeora.

Se nos dijo en 2012 que el problema de México era el inmovilismo, la falta de reformas. Así se justificó el Pacto por México, pero se privilegiaron reformas como la energética, en lugar de impulsar una que acabara con la pobreza y la concentración del ingreso. Así llegaremos a la elección de 2018, que ya se advierte difícil, entre otras cosas porque, como lo señala un breve estudio de Consulta Mitofsky (disponible en http://bit.ly/PartidosPierdenMx2015), los tres principales partidos han dejado de representar a la mayoría de los mexicanos. En 2003, seis de cada diez mexicanos se identificaban con el PAN, el PRD y el PRI. Ahora sólo lo hace 45 por ciento. No es difícil comprender por qué. Para varias generaciones de mexicanos la transición de 2000 ha sido un mito, que sumió al país en una guerra sin sentido, multiplicó la tortura y la represión, enriqueció a los políticos y disparó la desconfianza, la violencia y el miedo.

Es el momento de exigir mejoras reales y dejar de perder tiempo y recursos en las aficiones de los políticos: el culto a la personalidad, el autoelogio, el nepotismo y la ineptitud. Como decía Konrad Adenauer, la política es demasiado importante para dejársela sólo a los políticos.

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