domingo, 31 de enero de 2016

Francisco en México






Manuel Gómez Granados.


Estamos a menos de dos semanas de la llegada del papa Francisco. Para los católicos, es una oportunidad de acercarse a quien es el vicario de Cristo y cabeza visible de una Iglesia que vive una época difícil. Se trata de la séptima visita de un papa a México, lo que nos hace uno de los países con más visitas de los sucesores de Pedro.

No será una visita fácil, entre otras razones porque es claro que a Francisco le interesa interpelar, conmover, e incluso invitarnos a resolver de manera práctica los problemas que nos afectan. Podemos imaginar, por ejemplo, qué piensa el Papa de los problemas de devastación ecológica que padece México cuando se revisa la encíclica Laudato Sí, o qué podría decir sobre la pobreza en que se encuentra la mitad de los mexicanos cuando se revisa lo que dice en un librito titulado La alegría del Evangelio. O su preocupación por los migrantes. Francisco conoce bien la realidad mexicana porque, en lo fundamental, es muy similar a la de su natal Argentina.

Tampoco tiene sentido jugar al ingenuo y creer que el Papa necesita encontrarse con las personas afectadas por la ola de violencia, pues recibe constantemente información que le ofrecen tanto su círculo más inmediato de colaboradores, muchos de los cuales conocen e incluso han vivido en México, además de la información que obispos y laicos le hacen llegar de manera constante.
La duda sobre la visita del Papa no es, pues, qué podría decir de los problemas que nos aquejan, ni si conoce los detalles de la vida en México. La duda es cómo responderemos a su visita. ¿Nos dejaremos interpelar por su llamado a la misericordia o seguiremos actuando como fariseos que excluyen a los pobres? ¿Entenderemos qué tan importante es ser solidarios y evitar el dispendio, el derroche y la corrupción? ¿Tendremos la capacidad para, ahora sí, cumplir con las normas para atender a las víctimas de pederastia y evitar que ese cáncer carcoma a la Iglesia? ¿Qué haremos, en otras palabras, para que la visita no se reduzca a la dimensión más emotiva y menos profunda de su presencia?

Las respuestas a estas preguntas no son fáciles. En México predomina un catolicismo superficial y acrítico que soslaya su dimensión social y facilita que muchos que desean vivir su fe, busquen otras iglesias, pues muchas diócesis y parroquias no favorecen el encuentro personal con Cristo, no evangelizan, se pierden en la burocracia, el legalismo y la religiosidad popular sin contenido, que raya en fanatismo.

La visita es una oportunidad para que el catolicismo mexicano sea más incluyente, supere las divisiones simplonas, deje el oropel y los cohetones, salga de su zona de confort y apueste más a seguir a Cristo, a ejemplo del Papa. Por ejemplo, con iniciativas como baños para las personas que viven en situación de calle,  nuevas oportunidades a quienes deseen rehacer sus vidas y evitar lo que el Papa ha llamado, ya desde sus días como arzobispo de Buenos Aires, “la cultura del descarte”, que no se limita sólo a condenar el aborto, sino que incluye remedios prácticos, concretos, a problemas como la violencia, el hambre y la falta de oportunidades a nivel de colonia, de barrio y zonas rurales.

Más que pensar, como suelen hacer los medios electrónicos, en términos del número de gentes que se planten a la vera de las calles por las que pasará Francisco, habría que pensar en  escuchar su mensaje y tratar de llevarlo a nuestras vidas cotidianas. Esa sería la medida de una visita verdaderamente exitosa.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2016/942448.html

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