domingo, 24 de enero de 2016

Los 62 principales

Manuel Gómez Granados.

En estos días, como suele ser desde hace más de 30 años, se celebra en Davos, Suiza, el Foro Económico Mundial, WEF, por sus siglas en inglés. Se trata de una reunión de empresarios, políticos, periodistas, académicos, figuras públicas. Tiene fama de debatir los temas más importantes para el futuro, pero la realidad es que en más de una ocasión, el WEF se ha distinguido —más bien— por ser la caja de resonancia de tesis económicas que no siempre han sido tan benéficas o afortunadas, como se suele decir. Hace 20 años, por ejemplo, Davos celebró la muerte del comunismo y las maravillas de la democratización, la desregulación, el libre comercio y la creciente globalización.

La realidad resultó distinta al entusiasmo del WEF en los noventa: aunque hubo en un primer momento una relación más o menos virtuosa entre democratización y desregulación, como lo atestiguan el colapso de la Unión Soviética y las transiciones democráticas en América Latina, la realidad es que hay regímenes profundamente antidemocráticos que se benefician de la desregulación, como China y Vietnam. De hecho, China se convirtió en el gran ganador de la globalización sin liberalización alguna del régimen. En la década anterior, WEF se convirtió en uno de los primeros heraldos de la repulsa a los ataques terroristas. En 2002 movió su sede a Manhattan, e implícitamente bendijo el inicio de las guerras de George Bush. A pesar de la aparente posición de vanguardia del WEF, la cumbre anual está lejos de ofrecer alternativas distintas a las que dictaba en los noventa.

A pesar de ello, sería necio desconocer que el WEF publica contantemente series de indicadores muy útiles para entender qué sucede a escala global. Justamente por ello es que en los últimos años, la organización civil global Oxfam publica —también en los primeros días de enero— documentos que tratan de dar cuenta de aspectos del desempeño de la economía global que suelen escapar a la atención del WEF. Este año, Oxfam publicó el texto La economía para el 1 por ciento (disponible en http://bit.ly/Oxfam2016The62), que resumido a su mínima expresión documenta la manera en que 62 personas, cuatro de ellas con pasaporte mexicano, concentran tanta riqueza como la mitad más pobre de toda la humanidad. Esas 62 personas eran 388 en 2010, lo que deja ver el ritmo al que la riqueza se ha reconcentrado. Y peor: desde el inicio del siglo XXI el ingreso promedio del diez por ciento más pobre a escala global sólo ha aumentado 45 dólares por persona, mientras que la riqueza de los 62 principales ha crecido 542 mil millones de dólares, casi medio billón de dólares, en conjunto y eso en un contexto en el que al menos 30 millones de personas viven como esclavos.

Oxfam presenta una serie de propuestas que sería muy sensato atender. Insistir en las recetas de desregulación financiera o laboral, como suele ser “la línea” del WEF, se antoja difícil que lleve a alguna realidad que no sea ésta —tan lamentable—, que vivimos ahora, que incluso ha llevado al hierático Agustín Carstens a admitir que podríamos vivir una situación para la que la economía global no está preparada. El sueño noventero de la globalización y la desregulación se agotó en buena medida porque lejos de acompañarlo de medidas de efectiva democratización, se asumió que bastaba con liberar a los mercados y lo demás se daría por añadidura. No fue así y ahora enfrentamos riesgos para los que no estamos preparados y que son peores en países como México, ahogados por la corrupción de sus clases dirigentes.

manuelggranados@gmail.com

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