sábado, 13 de febrero de 2016

El Papa en México


Manuel Gómez Granados.

La espera de los últimos tres meses terminó con la llegada del papa Francisco. Si todo transcurre conforme al programa, el papa Bergoglio llegará a México luego de hacer una breve escala en La Habana, Cuba, donde se encontró con el patriarca de Moscú. Ya con el papa en nuestro país, la pregunta inevitable es qué resultará de la visita. Es claro que las fórmulas aplicadas durante las seis visitas pontificias están más que agotadas. No sólo eran fórmulas que no llevaban a un mayor o mejor compromiso de cada persona con su fe, también generaron problemas serios por la manera en que se manejaron los recursos que, no en balde, han terminado por contribuir al sospechosismo, que refleja uno de nuestros más severos problemas: la falta de confianza.

Hay otro elemento adicional. Ni siquiera cuando ocurrió la primera visita de Juan Pablo II había la presión que se aprecia hoy para que el papa se pronuncie sobre la realidad política de México. Cuando ocurrió la primera visita del papa Wojtyla la noticia era que esa visita hubiera podido ocurrir. Las viejas formas de la política mexicana permitieron que el contacto entre Juan Pablo II y José López Portillo fuera mínimo y que, en ese sentido, la visita fue un hecho verdaderamente pastoral y social, alejado de otras consideraciones. Desde que se modificó la Constitución en 1992, las visitas de pontífices a México, en cambio, se han convertido en verdaderas competencias para salir en la foto con el visitante. Eso ha terminado por dañar la imagen de la Iglesia y del papado entre algunos sectores de la opinión pública mexicana que resienten la cercanía del poder temporal con el poder espiritual, pues consideran que los políticos sacan provecho.

Ya desde antes de que se anunciara de manera oficial la visita, había una creciente exigencia de que el papa se pronunciara sobre lo que ocurre en México en distintos órdenes de la vida. Hay quienes, con la típica severidad de los fariseos, se pitorrean de quienes piden eso del papa o incluso quieren presentar ese tipo de peticiones como una especie de trampa. Son críticas, por cierto, que también se hacen desde el polo jacobino. Eso sólo demuestra qué tan lejos viven fariseos y jacobinos de las realidades de los cientos de miles, quizás millones, de personas que han sido víctimas de las distintas formas de violencia que padecemos.

En lugar de condenarlos, deberían preguntarse por qué es que en un país que, supuestamente es democrático y laico, las personas esperan, desean e incluso exigen que el papa emita una condena a las actitudes, los excesos, de una clase política ineficaz, corrupta, demasiado satisfecha de sí misma e incapaz de ver más allá de sus narices. Las razones de ello son simples.

Del lado del Estado, las instituciones de justicia no cumplen. Un poco antes de la llegada del papa, la Universidad de las Américas publicó la segunda edición de su Índice Global de Impunidad que este año comparó a las 32 entidades entre sí y la realidad es tan mala como el año pasado: México es el segundo país con mayor impunidad a escala global y hay estados con sistemas de justicia del siglo XIX. Pero del lado de la Iglesia, también hay notables fallas. La más grave es que, desde hace casi 20 años, la jerarquía mexicana hiberna, de modo que tanto el anuncio del Evangelio como la denuncia del pecado social son débiles, casi inexistentes. Lo poco de formación que ofrece, no educa para la libertad, más bien se preocupa por preservar los privilegios del clericalismo y, a diferencia de lo hecho por los obispos de EU en el tema del abuso sexual, acá se le apuesta a la amnesia del pueblo.

Ingenuamente se espera mucho de Bergoglio porque las instituciones, tanto civiles como religiosas, no funcionan y se espera que sea él quien, durante la visita, cumpla con esas funciones. Eso es imposible, pero deja ver que las personas todavía tienen esperanza en que las cosas cambien. Sería importante que más que criticar o descalificar al pueblo, los responsables de las instituciones civiles y religiosas cumplieran con sus obligaciones. El propio Bergoglio cuando era obispo de Buenos Aires dio ejemplo de cómo debían actuar las autoridades religiosas. No era sólo usar transporte público como expresión de cercanía con su pueblo.  Eran las iniciativas que Bergoglio apoyaba, como La Alameda, para erradicar la explotación laboral y sexual, sin esperar a que Juan Pablo II o Benedicto XVI fueran a Argentina a hacerlo.

Hay que atender también a los gestos simbólicos. Que Francisco vaya a la tumba de Samuel Ruiz, que se haga acompañar de Raúl Vera, que busque el contacto con indígenas y quienes viven en las zonas más marginadas, son mensajes que sólo los necios perderán de vista. De ellos, habrá muchos para quien quiera verlos.



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