domingo, 21 de febrero de 2016

Evangelio según Bergoglio

Manuel Gómez Granandos.

Recién se fue Francisco. Nos dejó ideas acerca del presente mexicano que, más allá de los lugares comunes y el chisme, podrían servirnos como guías. Es difícil resumir en este espacio todo lo que dijo, y comentar los puntos polémicos, los silencios y los oportunismos, que los hubo.

En los actos del 13 de febrero, en Palacio Nacional, la Catedral Primada y la Basílica de Guadalupe, los mensajes fueron claros y difícilmente habría que perderse en interpretaciones. En Palacio Nacional la frase: “La experiencia nos demuestra que, cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”, tendría que ser el referente de cualquier discusión sobre el futuro de México.

En la Catedral Primada todavía resuenan las palabras “No se necesitan príncipes, sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial”. Ojalá los destinatarios de ese mensaje comprendan qué tan importante es que lo atiendan.

De la Basílica podemos recordar siempre lo que dijo: “todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas.”

De Ecatepec no podemos olvidar lo dicho acerca de las tres tentaciones de Cristo, las mismas que nosotros enfrentamos: “La primera, la tentación de la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». La segunda: la vanidad, la búsqueda de prestigio con base en la descalificación continua y constante de los que «no son como uno», que va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como ellos».” A las que tendríamos que agregar la advertencia hecha a los seminaristas de Ecatepec de “ser pastores del Pueblo y no clérigos del Estado”.

Las palabras pronunciadas en San Cristóbal de Las Casas a los indígenas deberían resonar en todo el país: “Muchas veces, de modo sistemático y estructural, sus pueblos han sido incomprendidos y excluidos de la sociedad. Algunos han considerado inferiores sus valores, sus culturas y sus tradiciones. Otros, mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado, los han despojado de sus tierras o han realizado acciones que las contaminan. ¡Qué tristeza! Qué bien nos haría a todos hacer un examen de conciencia y aprender a decir: ¡Perdón!, ¡perdón, hermanos!”. Y en Ciudad Juárez la solidaridad con los migrantes.

Finalmente, las palabras en Morelia: “Les pido que cada uno se conteste en su corazón: ¿Es verdad que no todo está perdido? ¿Yo estoy perdido o estoy perdida? ¿Yo valgo? ¿Valgo poco, valgo mucho? La principal amenaza a la esperanza son los discursos que te desvalorizan, te van como chupando el valor y terminás como caído, ¿no es cierto?, como arrugado, con el corazón triste. Discursos que te hacen sentir de segunda, si no de cuarta. La principal amenaza a la esperanza es cuando sentís que no le importás a nadie o que estás dejado de lado”.

manuelggranados@gmail.com


No hay comentarios:

Publicar un comentario