domingo, 14 de febrero de 2016

Francisco y Cirilo en La Habana


Manuel Gómez Granados.

Antes de llegar a México, el papa Francisco realizó una breve escala en el Aeropuerto de La Habana, Cuba. El acto, una adición casi de última hora al viaje a México, es relevante porque es el primer encuentro oficial del papa de la Iglesia católica y el patriarca ortodoxo de Moscú en la historia. Algunos señalan que es el primero desde el Gran Cisma de 1054, cuando las iglesias católica y ortodoxa se excomulgaron mutuamente, sin embargo —en sentido estricto— no es así, pues el patriarcado de Moscú se creó en 1589, luego de existir durante casi cinco siglos en Kiev.

El papa Francisco y el patriarca Cirilo son cabezas de dos de las denominaciones cristianas más importantes por su número. Lamentablemente, la distancia que existe entre ambas se ha profundizado al paso del tiempo y sería ingenuo suponer que el comunicado conjunto que ambos firmaron en La Habana implica una transformación radical de lo que han sido casi cinco siglos de tensión y desconfianza mutua, pero implica un gesto recíproco de que es posible dialogar y quizás, si muchas cosas se alinean, superar medio milenio de distanciamiento.

El encuentro de los dos líderes es relevante, entre otras cosas, por la necesidad que tienen las iglesias cristianas de Europa de encontrar alguna solución a los conflictos teológicos y litúrgicos que las han mantenido separadas durante poco menos de un milenio pero, sobre todo, por la necesidad de encontrar alguna solución a los muchos conflictos bélicos que han generado la actual crisis de refugiados en Europa y que, lejos de amainar, podría empeorar si Rusia decide intensificar el conflicto con Ucrania.

Es triste, pero es necesario reconocer que el conflicto entre Ucracia y Rusia tiene también un trasfondo religioso que involucra directamente a las iglesias que presiden Francisco y Cirilo. El encuentro en La Habana podría ser el primero de muchos pasos para que ambas iglesias logren alguna solución a sus propias diferencias que les permitiera actuar para distender los conflictos que existen en el ámbito civil y militar entre Rusia y Ucrania.

Como sea, los gestos de parte de Francisco son un contundente símbolo de lo que debería ser el proceder de todos los dirigentes de las distintas iglesias cristianas. Luego de su visita a México, tiene programado viajar en octubre de este año a la ciudad sueca de Lund, donde participará en uno de los actos que marcan el 500 aniversario de la reforma de Martín Lutero. Ese viaje ocurrirá luego de que, en mayo de 2015, la jefa de la Iglesia luterana sueca, la obispa Antje Jackelén, visitó a Francisco en Roma.

En esa ocasión, además de los asuntos más comunes en los encuentros ecuménicos, Francisco agradeció a la obispa Jackelén la disposición que la Iglesia luterana tuvo para recibir, en los setenta y ochenta, a refugiados de distintos países de América del Sur, que huían de las dictaduras militares de aquella época, testimonio de una actitud que ahora más que nunca es necesaria ante crisis como la que se vive en Europa como resultado de la salida masiva de personas de Siria, Líbano y otros países afectados por conflictos militares de distinta envergadura.

La paz requiere de un esfuerzo constante no sólo para evitar el conflicto. También necesita que las personas vean más allá de las diferencias y construyan condiciones que permitan sostenerla. Eso es relevante no sólo entre Rusia y Ucrania, lo es también en estados mexicanos como Michoacán, Guerrero, Veracruz o Tamaulipas, que viven todos los días bajo la amenaza de la muerte o la violencia.

manuelggranados@gmail.com

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