domingo, 13 de marzo de 2016

El fracaso de la política social


Manuel Gómez Granados.

En fechas recientes, la información que publican tanto la Auditoría Superior de la Federación, el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social (Coneval), como distintos medios de comunicación, nos ha permitido construir una imagen un poco más clara de qué tan profundo ha sido el fracaso de las distintas estrategias impulsadas en los últimos 25 años para combatir la pobreza. Si nos atenemos a los números de Coneval, en 1992, 21.4 por ciento de la población padecía pobreza extrema y 53.1 por ciento padecía pobreza. En 2012, las cifras eran de 19.7 y 52.3 por ciento, respectivamente. Una ligerísima superación en el frente de la pobreza extrema y una igualmente ligera derrota en el frente de la pobreza, nada para nadie. Veinte años de programas, fórmulas, retórica y millones de pesos destinados a publicidad, que no llevaron a lugar alguno.
Y en los últimos tres años, en los datos de la Cruzada Nacional contra el Hambre, no hay nada que hable de alguna mejora en ambos frentes. Una investigación del diario Milenio, publicada a principios de este mes, encontró municipios en los que la cobertura de la Cruzada era varias veces superior al número de personas en situación de pobreza. El caso más extremo, el municipio de Juchipila, Zacatecas, donde la cobertura fue de hasta mil 516 por ciento. Pero hay más casos: en el mismo Zacatecas, Moyahua de Estrada, una cobertura de 464 por ciento. San José de Gracia, Aguascalientes, 331 por ciento. Querétaro capital, 157.9 por ciento; Emiliano Zapata, Hidalgo, 143 por ciento; Pachuca, Hidalgo, 119 por ciento; Lázaro Cárdenas, Mich., 105.2 por ciento o Tlalpan, Ciudad de México, 103 por ciento.
Obviamente, la contraparte de todos estos municipios con sobrecobertura son los municipios donde la Cruzada no llegó, lugares olvidados de la mano de Dios y de la mano de los programas de combate a la pobreza como Asunción Tlacolulita, Oaxaca, donde la cobertura fue del 0 por ciento o como San Juan Mixtepec, también en Oaxaca, donde la cobertura fue del 1.10 por ciento.
Lo más preocupante es advertir que la política de combate a la pobreza estuvo plagada de abusos y excesos durante los años de vacas gordas petroleras, por lo que sería necesario preguntarse qué ocurrirá ahora que viviremos los años de  vacas flacas. A ciencia cierta nadie lo sabe. Es de suponer que ahora las entidades responsables de la política social, Sedesol y Coneval, entre otros, tendrían que tomarse en serio el problema y diseñar programas que de verdad atiendan las causas estructurales de la pobreza, pero eso se antoja —en el mejor de los casos— poco probable. Son muchas inercias que ni siquiera la alternancia de 2000 logró sacudir. Quizás lo que no consiguió el cambio político en 2000, lo logren las penurias económicas de un país que ha perdido millones de dólares de ingreso petrolero. Esa necesaria creatividad  podría ser la única ventaja que nos diera esta nueva crisis global petrolera.
La clave está en la producción local de alimentos, no en la distribución de alimentos elaborados en otras regiones. La inmensa mayoría de los más pobres de este país viven en zonas rurales, donde las posibilidades reales de insertarlos en la economía industrial o de servicios son casi nulas. Lo único que puede ayudar a esas comunidades, que viven en condiciones de aislamiento crónico, es que se les capacite para producir sus propios alimentos, se les apoye con créditos y subsidios temporales para este fin y se les permita desarrollar modelos propios de organización y gestión de sus propios recursos.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2016/950047.html

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