sábado, 26 de marzo de 2016

El terrorismo, de nuevo

Manuel Gómez Granados.

Ya es un lugar común condenar las acciones de grupos terroristas como el Estado Islámico en Siria e Irak, mejor conocido por sus acrónimos de ISIS o ISIL. Es relativamente fácil repetir las fórmulas que satisfacen a las buenas conciencias que quisieran una acción más decidida contra estos grupos sin que impliquen ataques a los musulmanes, entre otros grupos. Que sea así nos deja ver cómo hemos llegado a un punto en el que las soluciones que se han usado hasta ahora simplemente no resuelven los problemas de fondo, los que explican la emergencia de grupos con las características de ISIS o Al-Qaeda.

Sería necesario preguntarse qué llevó a que ISIS y antes de ellos Al-Qaeda adquirieran las características que tienen y qué los lleva a cometer el tipo de atrocidades que vimos, una vez más, este martes 22 de marzo. ¿Qué detonó este tipo de extremismo? En el origen están las pésimas decisiones de política exterior tanto de la antigua Unión Soviética como de Estados Unidos. A la URSS corresponden los dudosos méritos de haber invadido Afganistán y con ello dar vida a los que en los setenta y ochenta fueron los muyahidines. Al transcurrir el tiempo, los muyahidines pasaron de ser héroes que combatían al comunismo ateo de la vieja URSS, a villanos que dieron forma al Talibán, a Al-Qaeda y otras organizaciones que encontraron terrenos fértiles en los barrios pobres de la inmensa mayoría de los países del Medio Oriente y el Norte de África, así como en los cinturones de miseria de las grandes capitales europeas, algunas que ya han sido víctimas de atentados terroristas como Madrid, Londres, París y ahora Bruselas.

La tarea de los radicales islámicos es relativamente fácil, pues hay pocas razones para ser optimistas acerca de las posibilidades de desarrollo real, auténtico, tanto en Europa, como en medio oriente, África, Estados Unidos o América Latina para los marginados, los que el papa Francisco, llama los “descartables”. Ello es así porque incluso Europa o Estados Unidos, lejos de comprometerse con agendas de auténtico desarrollo, se embarcaron—como en España—en proyectos absurdos. Es el caso de los aeropuertos de Ciudad Real, Castellón, León, Lérida, Albacete, Badajoz, Burgos, Logroño y Pamplona, que—en el caso de Logroño—atienden 50 pasajeros al día, a pesar de las millonarias inversiones. España fue un caso extremo, pero no fue el único. En toda Europa es posible encontrar ejemplos de la manera en que se malgastaron millones de euros en proyectos que, andado el tiempo, se han probado como verdaderos monumentos a la corrupción, como en el caso de las instalaciones olímpicas que Grecia construyó en los noventa para ser anfitriona de las Olimpiadas de 2004 y que ahora, a la vuelta de doce años, están en ruinas.

En EU basta pensar en lo que ocurrió con Flint, Michigan, para entender que la prédica radical, extremista, de Al-Qaeda, ISIS y otras organizaciones encuentra terreno fértil, sin que sea necesario para ello creer a pie juntillas en lo que el Corán diga o deje de decir. Han sido el desdén por las personas y la hipócrita obsesión con soluciones de mercado para algunos problemas, dos de los factores que explican la violencia criminal que azotó esta Semana Santa a Bruselas y que amenaza con ser otro eslabón de una larga cadena de actos terroristas.

Otro factor detrás del surgimiento de los grupos terroristas es el discurso igualmente destructivo de la derecha radical europea y estadunidense. Donald Trump no está solo cuando habla de cerrar fronteras y perseguir a los diferentes. Es el mismo discurso de Pegida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente, por sus siglas en alemán) en Alemania, el Reino Unido, Irlanda, Holanda y  Dinamarca; del Frente Nacional de la familia Le Pen en Francia, y de otros grupos neofascistas de España, Italia, Eslovaquia, Hungría, la República Checa, Portugal y Grecia, donde han tomado el nombre de Dorado Amanecer. Estos grupos tienen en común su rechazo de los musulmanes, así como discursos racistas que atraen a millones que consideran que los grandes proyectos de integración comercial, como la Unión Europea, el Tratado de Libre Comercio México-EU-Canadá, entre otros, han fracasado en el corto plazo y son insostenibles en el mediano y largo plazo.

Occidente debería reconocer que ha cometido graves errores. Entre los más notables, la corrupción que ahoga a países enteros en Europa o América Latina, así como modelos económicos que concentran la riqueza y hacen casi imposible que muchas personas piensen que un futuro digno es posible con las actuales reglas. Esa desazón, ese pesimismo ante las soluciones únicas de nuestra época, es uno de los factores que explica la violencia. Occidente debería enfrentarlo ya.


manuelggranados@gmail.com 

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