domingo, 20 de marzo de 2016

La región menos transparente


Manuel Gómez Granados.
La semana que concluyó será recordada en el futuro como la semana de contingencia ambiental en la Ciudad de México. Es como si todo lo que hubiera podido salir mal, hubiera decidido salir mal… Incluso, a escala mundial, el miércoles 16, nos enteramos que nuestro planeta rebasó el peligroso umbral de los dos grados centígrados de mayor temperatura respecto de los valores previos a la revolución industrial.
En la Ciudad de México hemos construido una peligrosa combinación de factores, tanto naturales como producto de nuestras malas decisiones. Entre las más notables de esas malas decisiones, está—sobre todo—la suicida dependencia de vehículos privados. Tanto como lo demuestra el hecho de que el jueves 17, con casi 40 por ciento del parque total de vehículos privados fuera de circulación, de todos modos, tanto la confluencia de la autopista México-Pachuca y Avenida Insurgentes en la Gustavo A. Madero como el entronque del segundo piso de Periférico y Río San Joaquín en la Miguel Hidalgo, reportaron tránsito a vuelta de rueda en las horas pico.
Las razones por las que las personas se aferran al auto privado son fáciles de comprender: el sistema de transporte público, donde lo hay, es malo. Los paraderos del Metro Indios Verdes son un basurero inmundo. Las estaciones de Metro más antiguas acusan los efectos del tiempo, el mal mantenimiento y la basura. Pero lo más difícil es la experiencia que sufren las miles de víctimas de asaltos. Para no ir más lejos, ese mismo día, el jueves 17, en la México-Pachuca, cerca de Tecámac, Estado de México, asesinaron a un paramédico que viajaba, rumbo a la Ciudad de México, en un autobús de una línea llamada paradójicamente Élite.
En una sociedad tan clasista, egoísta e insolidaria como la nuestra, la única manera como se podrá convencer a las millones de personas que usan automóviles privados para usar transporte público es que se garantice que sus viajes no ocurran en muladares como los paraderos de Indios Verdes, en estaciones del Metro decrépitas y sucias como el Metro Hidalgo (que además, en fechas recientes, se ha convertido en dormitorio de personas sin techo) y sin correr el peligro de morir asesinados en los asaltos que ocurren en las peseras y microbuses.
Se requiere de una inversión masiva en la construcción de transporte público. Ésa es la verdadera prioridad; no la construcción de un nuevo aeropuerto y mucho menos que el Estado de México continúe pagando, por los siglos de los siglos, obras que ya ha pagado varias veces a la empresa OHL como el Circuito Exterior Mexiquense, el segundo piso del periférico, el Arco Norte o la autopista Ecatepec-Toluca. Todas esas obras, además, han sido construidas para el auto privado y es por ello que en los últimos años la Ciudad de México ha visto crecer de manera exorbitante el número de autos y motocicletas que circulan.
Libramos, casi de milagro, esta contingencia ambiental del 2016, pero nada nos garantiza que no volverá a ocurrir. Los ejemplos tanto de ciudades del primer mundo, como Nueva York, París o Londres, como de ciudades de América Latina, como Medellín, Colombia o Buenos Aires, Argentina, que están tomando decisiones correctas, nos dejan ver qué tan atrasados estamos por nuestro apego al modelo de movilidad centrada en el auto. Buena parte de la renuencia tiene que ver con los compromisos adquiridos con constructoras consentidas. Es necesario superar esa visión tan miope. Esta contingencia tendría que ser un fuerte llamado de atención a todos. Se trata de un asunto, literalmente, de vida o muerte.
manuelggranados@gmail.com

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