domingo, 24 de abril de 2016

Doña Dilma

Manuel Gómez Granados.
Dicen que a los mexicanos pocas cosas nos sorprenden, pues nuestros políticos nos han acostumbrado a un grado de cinismo que ya nada nos escandaliza. Eso podría haber sido cierto hasta la semana pasada, cuando la Cámara de Diputados de Brasil decidió retirar la inmunidad que protegía a la señora Dilma Rousseff para someterla al equivalente mexicano de un juicio político. Hasta ahí nada sería distinto de lo que ocurre en México.
Lo que resulta interesante del caso brasileño es que no hay evidencia clara de que la señora haya cometido algún delito que, con o sin inmunidad por el fuero, ameritara que Brasil se encuentre donde está ahora. La truculencia, lo que hace que incluso los mexicanos nos sorprendamos es que, además de que la señora Rousseff no está indiciada por algún delito, los diputados que votaron para que se le retirara la inmunidad del fuero, sí están indiciados por la comisión de delitos.
El asunto ha terminado por convertirse en una perversión sin precedentes, mismo que fue claramente pronosticado por los obispos católicos de Brasil cuando advertían, hace un mes, que el juicio político sin algún delito que perseguir era el equivalente a un golpe de Estado. Así lo hicieron ver en una declaración del 21 de marzo de este año en el que señalaban que el juicio político en las condiciones en las que preveían que ocurriría, sólo debilitaría a las instituciones públicas de Brasil… Y así ocurrió. Procedieron contra la presidenta sin que hubiera causa que lo justificara y, como dijo el presidente de la Comisión de Caridad, Justicia y Paz del episcopado brasileño, Guilherme Antônio Werlang, ello ha golpeado a las instituciones democráticas de Brasil.
Por ahora, habrá que ver si los senadores tienen una actitud más seria que los diputados y evitan una situación bochornosa, creada en buena medida por el mal diseño de las instituciones brasileñas, especialmente por el fuero o inmunidad que protege a algunos funcionarios. Es ahí donde deberíamos poner atención en México. La votación contra Dilma demostró que el fuero es un arma de dos filos: no protegió a la presidenta y terminó por ser un arma de quienes tienen cuentas pendientes con la justicia. Si no hubiera fuero en Brasil, por ejemplo, se hubiera podido proceder contra los diputados que quitaron el fuero a la señora Rousseff, antes de que lo hicieran. El caso brasileño demuestra además que el fuero alienta a los actores políticos a buscar el escándalo; si los obispos y otros actores de la vida pública brasileña reconocían que no había elementos para proceder contra Dilma, proceder contra la presidencia se convirtió en un objetivo importante en sí mismo para exhibirla y humillarla.
Es claro que la señora Rousseff y su antecesor, Lula da Silva, cometieron errores. Entre los más notables está haber buscado las sedes de la Copa Mundial de Futbol 2014 y de las Olimpiadas de este 2016. Brasil, como otros países que han organizado esos certámenes, no sacó provecho de ello y se cometieron muchos actos de corrupción al amparo de los certámenes, pero ello no justifica haber llegado al actual extremo.
Los mexicanos podríamos vernos en el espejo brasileño. El fuero no resuelve problemas; entorpece la procuración y la administración de justicia, está en el núcleo de muchos de los problemas que nos afectan, especialmente la corrupción y la impunidad y es el refugio de los malos políticos. Preservarlo, sólo alimenta la desconfianza en los políticos, muchos o pocos, que pudieran ser honestos. Preservar el fuero no ayuda, entorpece y lastima a la democracia.
manuelggranados@gmail.com

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