domingo, 3 de abril de 2016

La Ciudad de México y la pata del mono


A Emilio Álvarez Icaza, cuya integridad todos conocemos

Manuel Gómez Granados

La situación ambiental en la Ciudad de México amenaza con complicarse todavía más. Los calores de la primavera, el poco viento y la poca lluvia forzaron al gobierno federal a impulsar un acuerdo entre las entidades del Centro de la República que, por lo pronto, implica el regreso a la situación que existió en los noventa, cuando los altos índices de contaminación llevaron a crear el programa Hoy No Circula. Todos los autos, sin importar año o modelo, estarán obligados a no circular al menos un día a la semana.

¿Cómo se llegó a esta situación si, aparentemente, en los últimos años se había avanzado tanto en la renovación de los vehículos y la mejora de las gasolinas? Gracias a la cantidad, al parecer infinita, de autos que los habitantes de la Ciudad y el Estado de México estamos dispuestos a comprar. En 1980, en la Ciudad de México, el entonces Distrito Federal y los municipios del Estado de México, circulaban poco más de millón y medio de autos. A finales de 1993, poco antes de la crisis del error de diciembre, ya eran más de dos millones 250 mil vehículos privados. En 2005, rebasamos la barrera de los dos millones y medio de autos privados. Para 2008, ya eran tres millones y, a mediados de 2010, ya sumaban cuatro millones a los que, dos años después, se había sumado otro medio millón de unidades.

Ha sido, por donde se le vea, la multiplicación de los autos, y como incluso los autos eléctricos o híbridos ocupan espacio, en la Ciudad de México estamos muy cerca de igualar a Los Ángeles, donde los autos ocupan casi 60% del espacio de la ciudad. En su conjunto, es una situación que recuerda el cuento de William Wymark Jacobs, La pata del mono, que narra la historia de una pata de mono que concede deseos de manera caprichosa. De parte de los gobiernos federal y de la Ciudad y el Estado de México, el deseo era crear la ficción de que resolvían los problemas de movilidad, sin hacerlo: el gobierno federal con medidas poco afortunadas como construir el Suburbano de Buenavista a Cuautitlán, en lugar de construir una línea de Metro que siguiera esa ruta; el gobierno del Estado de México con su obsesión por concesionar autopistas privadas a sus socios políticos, y en la Ciudad de México lidiamos con hechos lamentables como la corrupción que marcará por siempre a la Línea 12 del Metro.

También la ciudadanía apostó por años a espejismos, a soluciones egoístas, que sabíamos no resolverían en el largo plazo: la del auto privado. El resultado, como en el cuento de Jacobs, es monstruoso, pues ahora tenemos casi tres veces más autos que en 1980, e incluso quienes han gastado pequeñas fortunas en la compra de vehículos tendrán que estacionarlos al menos un día a la semana y nada garantiza que eso resolverá el problema de fondo: falta de transporte público eficiente, corrupción en verificentros y afinación de camiones de transporte, de carga y peseros; Habrá que ver si en el futuro inmediato se le apuesta a soluciones sistémicas o si, como en el caso del Mexibús o la ampliación de la Línea 4 del Metro rumbo al Estado de México, se insiste en soluciones parciales y engañosas, como preservar concesiones del transporte privado, que no resuelven los problemas y se convierten en monstruos que persiguen a sus autores.



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