domingo, 10 de abril de 2016

La alegría del matrimonio


Manuel Gómez Granados.
Este viernes, en medio de los escándalos causados por la corrupción documentada en los Panamá Papers y la insensibilidad de la Unión Europea al echar de sus fronteras a miles de personas que buscan refugio, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica La alegría del amor, Amoris Laetitia. Es un documento que construyó sobre la base de los dos sínodos de obispos celebrados en 2014 y 2015 y que causaron revuelo, entre otras razones, por la manera en que algunos cardenales quisieron presentar al papa Francisco como un enemigo de la doctrina de la Iglesia.
Las acusaciones de esos cardenales lograron poco y más bien el Papa logró usar la inercia de esas críticas para dar un nuevo impulso al programa de reformas que impulsa desde que fue electo en 2013. Como es lógico suponer, el documento no está interesado en modificar la doctrina de la Iglesia. Está interesado, más bien, en que la Iglesia modifique sus prácticas pastorales, de modo que estén orientadas a la misericordia y no por un formalismo jurídico que excluye a quienes menos tienen de la posibilidad de participar en la Iglesia. En ese sentido, las reformas del papa Francisco ocurrieron mucho antes de la publicación de este documento. En primer lugar, modificó la manera como se realizan los procesos de nulidad de matrimonios, de modo que sea cada obispo, en su diócesis, quien decida en qué condiciones se debe considerar nulo o no un matrimonio. En segundo lugar, estableció que los servicios que las diócesis deben prestar en esos temas deben ser gratuitos, de modo que tener o no dinero no sea una razón para excluir a algunos de este mecanismo con el que la Iglesia cuenta desde hace más de mil años.
Lo que la exhortación enfatiza, en cambio, ya desde el título es la necesidad de vivir el amor en familia con alegría, así como la necesidad que el trabajo pastoral de la Iglesia sea justamente trabajo pastoral: una labor de amor, preocupada por el bienestar de las personas y la cura de almas; no una extensión del juridicismo que tanto dañó al matrimonio civil que, por ejemplo, consideraba a las mujeres como menores de edad respecto de sus maridos y que está en el núcleo de la crisis del matrimonio en Occidente.
Como en todos sus viajes y su diligente empeño para reformar a la Iglesia, Francisco ha enfatizado  que, como dijo Chesterton, “la Iglesia no es la asamblea de los puros, sino el hospital de los pecadores”. Es un espacio para vivir la alegría, la misericordia y la caridad en el mejor sentido del término. Por ello, el documento refleja muchas de las críticas que hace al funcionamiento de las economías nacionales o a escala global, así como muchos de los sistemas políticos en todo el mundo que, lejos de cumplir con el credo democrático, le apuestan más bien a excluir personas para reducir costos económicos, políticos o de otros tipos.
El Papa deja ver qué tanto cree en aquello de que el buen juez por su casa empieza y ofrece a los obispos y las órdenes religiosas un instrumento para que la Iglesia, sin renunciar a sus principios, sea más cercana a las realidades, a las alegrías y las preocupaciones de los matrimonios, de las familias y de las personas que dan forma a esa célula básica de la sociedad. Lo hace, además, convencido de que el mejor método para que la Iglesia sea socialmente significativa es el ejemplo, no la imposición de formulismos rigoristas. Ojalá que la recepción del documento papal sea pronta, eficaz y sin temores.
manuelggranados@gmail.com

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