domingo, 31 de julio de 2016

El abad Hamel y el corazón de la Iglesia



Manuel Gómez Granados.

Durante la semana que concluye se esperaba que el corazón de la Iglesia católica se ubicara en Cracovia, donde se celebra todavía hoy la Jornada Mundial de la Juventud 2016. Ya desde la semana pasada cientos de miles de peregrinos de distintos países del mundo se venían congregando para celebrar en algún paraje en las afueras de la ciudad polaca la JMJ que fue, quizás más que cualquier otra, una de las actividades más cercanas al papa Karol Wojtyla. Se esperaba que la apertura, presidida por el cardenal Stanislaw Dziwisz, abriera una semana de celebraciones. No fue así.

Cerca de las nueve de la mañana del martes 26, en una pequeña y casi vacía iglesia de Normandía, al norte de Francia, un anciano sacerdote de 85 años celebraba misa rodeado de un pequeño grupo de personas. Hacía diez años, el abad Jacques Hamel había renunciado a su responsabilidad como cura, y vivía su retiro prestándole ayuda al párroco de Saint Etienne du Rouvray, haciéndose responsable —entre otras cosas— de la misa matutina, tarea distante si las hay del revuelo que caracteriza a las JMJ, pero quizás por ello dos militantes del Estado Islámico, de Daesh, decidieron someter a Hamel y degollarlo justo mientras celebraba la misa.

A querer o no, el corazón de Europa y de la Iglesia católica se ubicó a partir de ese momento  en Saint Etienne, un pueblo a las afueras de la ciudad de Ruan. Hasta ahí viajó el presidente François Hollande y hacía ahí se dirigieron tanto las palabras de los obispos franceses, ya en Cracovia, como del papa Francisco quien rompió con la rutina previa a sus viajes internacionales, que incluye una visita a la Basílica de Santa María Mayor, para hacer pública su condena al asesinato del padre Hamel.

Lo que siguió fue el usual coctel de declaraciones tanto de los políticos, como de los expertos en seguridad pública y seguridad nacional y regional europea. Los primeros a condenar los hechos y prometer acciones más decididas para detener la ola de violencia que golpea a Europa y especialmente a Francia, y los segundos a hablar de todo lo que no hacen los primeros. Entre lo más notable, por cierto, el hecho de que uno de los responsables del asesinato de Hamel, un joven de apenas 19 años llamado Adel Kermiche, ya estaba en las listas de vigilancia de la Seguridad Nacional francesa y, a pesar de ello, haya encontrado la forma de hacerse presente en lo que ya tiene visos de ser una guerra que se libra en las calles de Europa y de Francia.

También fue notable la respuesta tanto de la Conferencia de Obispos de Francia, como de medios católicos franceses como La Croix, que apenas hacía dos meses había publicado una entrevista exclusiva con el papa Francisco, de evitar los llamados a la venganza y hablar, más bien, de la necesidad —ahora más que nunca— de que la Iglesia en Francia sea un ejemplo de apertura, misericordia y disposición a perdonar. Los obispos franceses, además, celebraron ayer, viernes 29, una jornada de ayuno y oración que, en el caso de diócesis como la de Metz, una de las más antiguas de Francia, creada en el siglo III de nuestra era, incluyó la disposición del obispo Robert Lagleize de abrir todas las puertas de la catedral y de todos los templos de la diócesis y dejarlas así, abiertas, como signo justamente de la apertura y de la misericordia con las que los católicos franceses enfrentan una prueba tan difícil como ésta.

No faltó, lamentablemente, una dosis de estulticia. Algún despistado diputado de las izquierdas francesas hizo un llamado a que la Iglesia entregara templos para que se convirtieran en mezquitas. Como si eso fuera a cambiar la actitud de criminales que poco tienen que ver en realidad con el Islam. Del lado de la derecha también hubo oportunismo, con el Frente Nacional de la familia Le Pen denunciando a Hollande y su gobierno cuando es claro que los terroristas recurren ahora a estrategias cada vez más desesperadas, como la de usar vehículos contra grupos de personas, como en Niza, o atacar grupos como los fieles que acompañaban al padre Hamel. 

De igual modo, en Estados Unidos, dado el contexto de la convención nacional del Partido Demócrata, el abanderado de los republicanos, Donald Trump, aprovechó los hechos de Ruan para insistir en su idea de amurallar a EU y expulsar y evitar el ingreso a ese país de ciudadanos de países con mayorías musulmanas. Trump pierde de vista que Kermiche, el terrorista que asesinó al padre Hamel, era ciudadano francés. Son tiempos difíciles; ahora más que nunca debemos ser cuidadosos y evitar que los prejuicios y las falsas maneras de entender las convicciones religiosas propias y de otros sean trampas que allanen el camino a lo que sería una nueva guerra mundial.

manuelggranados@gmail.com

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