sábado, 2 de julio de 2016

El perdón transforma el pasado



Manuel Gómez Granados.

En estos días hay algo que caracteriza a distintas sociedades a escala global: la ira. La ira de las clases medias estadunidenses hizo imposible que otro Bush fuera candidato a la presidencia de ese país y colocaron al más improbable de los candidatos como abanderado del Partido Republicano. Por primera vez en muchos años de historia política, el partido de Abraham Lincoln, impulsará a Donald Trump, un candidato que le apuesta a cerrar fronteras, restringir el libre comercio y culpar a mexicanos y musulmanes de los males de ese país.

La ira llevó a los británicos a votar por salir de la Unión Europea y ahora los líderes que impulsaron esa votación no saben cómo “desfazer el entuerto” que personajes como Boris Johnson o Nigel Farage crearon y para el que no hay una solución sencilla. La ira lleva a cientos de musulmanes a aceptar la versión del Corán que pregona el Estado Islámico, lo que los convierte en asesinos despiadados, capaces—gracias a su propia ira—de dar a Trump los ejemplos que necesita para incitar a la xenofobia.


La lista de lugares en los que la ira es protagonista podría ser interminable. Baste señalar que la ira está también en las calles y carreteras de México. Es imposible llevar la cuenta de los homicidios en México, a veces por las razones más ridículas. La ira está en muchas de las manifestaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, así como en las reacciones del aparato de seguridad del Estado al controlar a la CNTE y otros actores. ¿Y qué decir de los narcotraficantes y otros delincuentes que asuelan regiones enteras o de quienes deciden linchar a ladrones en la México-Pachuca o la México-Puebla?

Frente a esta realidad marcada por la ira, por el enojo y la insatisfacción, se han alzado en fechas recientes las voces de personajes muy diversos. Entre los más notables está la filósofa estadunidense Martha Nussbaum quien recientemente ha publicado el libro Ira y perdón: resentimiento, generosidad y justicia, editado por la Universidad de Oxford. La publicación del texto ha dado pie a una gira de medios de Nussbaum en la que, además de lo escrito en el texto, ofrece análisis más detallados de esta epidemia de ira que hoy padecemos a escala global, como en este texto de la revista The Atlantic (https://t.co/9whvzcpTjC) o en esta recensión publicada por la Universidad de Chicago (https://t.co/XYAfAdmaQn). 
 
Una de las imágenes que Nussbaum usa al hablar de salidas constructivas a los problemas detrás de la ira es la que ofrece la parábola del hijo pródigo de los Evangelios. La parábola es relevante para Nussbaum, pues ofrece el ejemplo de un padre capaz de perdonar a su hijo, a pesar de que el hijo no da muestra alguna de arrepentimiento ni de un análisis del pasado de la relación entre ambos. Lo único que mueve al padre es su amor por su hijo y la convicción de que el futuro puede ser mejor que el pasado.

Nussbaum no descarta el valor de la ira, ni pide olvidar agravios. Reconoce lo importante que es la ira para perfeccionar los sistemas de justicia. Sólo advierte que es necesario ir más allá de la ira para encontrar la solución.  Para ello se requiere del esfuerzo e incluso el coraje para entender qué causa las injusticias y terminar así con la ira. Lo que no se vale es apostarle, como muchas veces hacemos, a soluciones de fuerza combinadas con alguna dosis de amnesia.

México está a tiempo de evitar los ciclos de violencia que han sumido a otros países en pesadillas como las que se viven ahora en África o el Oriente Medio. Tenemos la responsabilidad de impedir una catástrofe de ese tipo. Para ello debemos ser honestos para construir nuestro futuro y evitar ya profundizar las causas de la violencia que nos asfixia.

Es notable, por cierto, el hecho de que otra de las voces que adelanta una propuesta similar es la del papa Francisco. No es gratuito que haya proclamado a 2016 como Año Santo de Misericordia y que, cuando aborda problemas internos de la Iglesia, como la relación con los lefebvristas, o cuando se plantea las relaciones con los luteranos, o cuando invita a otros a dialogar y construir la paz en Medio Oriente, su mirada esté puesta en el futuro y no en el pasado. No es que niegue el pasado. Es que sabe—como Nussbaum—las trampas que el pasado, sus múltiples interpretaciones, nos puede tender, como lo vimos en su viaje a Armenia, donde no dudó en llamar genocidio al genocidio, pero aun así mostró su confianza en la capacidad para construir la paz y seguro lo veremos también cuando viaje a Suecia para participar del 500 aniversario de la reforma luterana. Sea en la lógica secular de Nussbaum o en la religiosa de Bergoglio, la pregunta es si somos capaces de ver y construir el futuro sin ira, o como dice el cardenal Etchegaray, transformar el pasado con el perdón. 

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.excelsior.com.mx/opinion/manuel-gomez-granados/2016/07/02/1102449

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