domingo, 31 de julio de 2016

Hillary y Donald



Manuel Gómez Granados.
 
Finalmente está todo puesto en escena para que el primer martes de noviembre de este año, los estadunidenses decidan su futuro e indirectamente buena parte del futuro del mundo al elegir a quien será su presidente para el periodo 2017-21. Hemos llegado a este escenario con un Partido Republicano profundamente dividido, como lo demuestra el hecho que ninguno de sus ex presidentes vivos estuvieron presentes en la convención de Cleveland. En lo que hace a los demócratas, la unidad aparente de la última semana es, más que otra cosa, un espejismo. Es el resultado de una operación de último minuto para acallar las fracturas expuestas por los miles de correos electrónicos de la campaña de la señora Clinton que acabaron en el sitio Wikileaks y sólo los ingenuos podrían creer que todo es un mero trámite para que la familia Clinton regrese a la Casa Blanca.

Todo lo contrario. Hoy como nunca existe el riesgo de que muchas de las tradiciones democráticas y de respeto a los derechos humanos que EU ha construido  en los últimos 70 años acaben en la basura. No es sólo que haya un cierto tedio con la familia Clinton. En Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países, hay cansancio con las políticas de apertura comercial, reducción de los márgenes de intervención del Estado y aparente eficacia administrativa que se popularizaron hace 30 años pero que no ofrecen los frutos que prometían en los ochenta. En Gran Bretaña el resultado de ese cansancio fue el Brexit y en EU podría ser la victoria de Donald Trump.


No es que sea un buen candidato. No es que tenga buenas propuestas. Es que Trump representa una ruptura con todo lo que las familias Clinton y Bush significan en EU. Eso fue algo que ni Jeb Bush ni otros candidatos en la primaria republicana entendieron y por eso es que, a pesar de sus defectos y errores, Trump es ahora el candidato republicano.


Los demócratas no parecen haber tomado nota de los errores de los republicanos. Muchas de sus primeras reacciones a Trump son muy parecidas, por no decir que iguales, a las de los republicanos. Insisten en descalificar la pertinencia de sus propuestas, sin advertir que las personas que han perdido empleos o su patrimonio en los últimos ocho o diez años en EU, lo han hecho a pesar de las supuestas virtudes de las propuestas de los Bush o los Clinton. De nada les sirvieron a esas miles de personas que ahora promueven a Trump, la supuesta experiencia de los Bush o los Clinton en la crisis que inició en 2007 y que, en buena medida, continúa.


Los Bush, los Clinton y otros pierden de vista que el electorado de EU lleva una cuenta relativamente larga de promesas incumplidas y mentiras, que se traducen en una profunda crisis de confianza en las instituciones de gobierno, en los partidos políticos y en los dirigentes de esos partidos y que amenaza con extenderse a otros ámbitos, dándole mayor viabilidad a la candidatura de Trump.


Además de que los demócratas se equivocan al creer que derrotarán a Trump con las estrategias y argumentos que no le funcionaron a los republicanos, está el problema de la unidad del Partido Demócrata, un asunto que no se resuelve sólo con la disposición de Bernie Sanders de hacer, como lo hizo, un llamado a votar por la señora Clinton. Sanders cumplió su parte, pero no hay claridad respecto a la disposición de Hillary para atender los reclamos de los millones que apoyaron a Sanders en la primaria demócrata y facilitar que voten por ella.


manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2016/975514.html

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