domingo, 24 de julio de 2016

Nuestra crisis de confianza




Manuel Gómez Granados.

Los últimos días generaron tanta información que envejecimos más de dos años en menos de dos meses. Repasar los detalles podría abrumarnos: los plantones y manifestaciones convocadas por la CNTE, la masacre de Nochixtlán, el golpe de timón en la estrategia frente al SNTE-CNTE, el cambio de dirigencia en el PRI, el anuncio del cambio en la metodología para medir el ingreso (y la pobreza) y la inusual decisión del presidente de “pedir perdón” por la Casa Blanca, mientras promulgaba el Sistema Nacional Anticorrupción. Son hechos que no hemos digerido del todo.

Todos ellos están unidos por dos problemas muy graves. Uno es la crisis de confianza que vive México y que no se limita a esos temas: desde la baja participación en las elecciones, hasta las relaciones de los políticos con la sociedad que se expresa de manera dolorosa, desgarradora en las dinámicas, a veces infantiles pero iluminadoras de las redes sociales, se vinculan con los bajos índices de confianza. El segundo, es un problema de arrogancia que afecta a la clase política, pero también toca a algunas organizaciones sociales.


La arrogancia explica la negativa de la Secretaría de Educación Pública para escuchar voces como las de Manuel Gil Antón o Aurora Loyo, entre otros especialistas, que desde hace por lo menos año y medio advertían de los riesgos en que se incurría al desestimar a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y al minimizar los errores de la reforma educativa. Dos años después de iniciada la reforma, la SEP dice que ahora sí escuchará a sus críticos y ha creado un modelo que permitiría—juran en la SEP—escuchar a todas las voces. Incluso si ahora así fuera, ¿les harán caso o sólo cumplirán con la formalidad de oírlos? Y si es así, ¿por qué no lo hicieron antes? Hay razones para preocuparse. Entre el martes 19 y el miércoles 20 la violencia se multiplicó en el país. San Cristóbal de Las Casas vio hechos que ni siquiera en 1994 se atestiguaron: múltiples testimonios dan cuenta de civiles, aparentemente comandados por los caciques de Chamula, que portaban armas y disolvieron un bloqueo de la CNTE, ¿por qué lo permitieron las autoridades? Nadie lo sabe.


Esos y otros asuntos empeoran nuestro problema más grave: los bajos índices de confianza en las instituciones y entre nosotros. El Presidente pareció comprenderlo cuando pidió perdón al promulgar el Sistema Nacional Anticorrupción. Es una lástima que no haya sido una petición de perdón más profunda. Pidió que lo perdonáramos por las apariencias pues—dijo—no hay nada de fondo que merezca crítica. Sus palabras estuvieron lejos de convencer a la opinión pública. Y lo peor, horas antes de que Peña pidiera perdón, la cúpula del INEGI culminó un golpe a la confianza en la información pública que venían fraguando desde el 2015 al inventar, de la nada, un aumento del 30 por ciento en los ingresos de los más pobres. ¿Sabrán lo difícil que es que muchos confíen en sus datos? Dirán que INEGI es autónomo, y quizás sea en el papel, pero es claro que al gobierno no le gustaban los datos de violencia y pobreza que el INEGI generaba. Así, el nuevo indicador impide las comparaciones con los datos que teníamos antes. Es un indicador en el que sólo los funcionarios y ex funcionarios de la Sedesol creen y que dinamita la confianza en el INEGI y en todo lo que se hace en México a partir de los datos que genera este Instituto. ¿Percibirán la gravedad del daño? Parece que no, algunos celebran con champán.



manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2016/974157.html

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