domingo, 14 de agosto de 2016

De nuevo los desastres


Manuel Gómez Granados.
Cada vez es más frecuente que debamos atender los desastres que afectan a comunidades de distintos estados de la República en época de lluvias. No son sólo comunidades aisladas, como ocurrió recientemente con los huracanes Earl y Javier. Es algo que ocurre también en ciudades medias como Tuxtla Gutiérrez o Villahermosa y  en la Megalópolis, como la zona metropolitana de la Ciudad de México.
Algo muy notable es que en estos desastres, quienes llevan la peor parte son las personas ya de por sí pobres. Quienes han debido ocupar las peligrosas laderas de cerros o las igualmente peligrosas cañadas de ríos o incluso barrancas y que se encuentran en esos lugares por el costo relativamente bajo del terreno. También ocurre, en algunos casos,  que son terrenos que se ocuparon de manera ilegal, a veces incluso de manera violenta, como parte de las terribles tradiciones del clientelismo político a la mexicana.
Esto fue evidente en las comunidades serranas de los estados de Puebla, Hidalgo y Veracruz. Ahí la peor parte la llevaron los lugares en los que, por una u otra razón, se ha abusado de la disponibilidad de maderas por medio de la tala.
La contraparte urbana de ese fenómeno ocurre en la Ciudad de México donde seguimos instalados en una lógica sumamente egoísta que considera que los derechos de propiedad sobre el terreno autorizan a cometer cualquier atrocidad. Poco parece importar en delegaciones como Álvaro Obregón o municipios como Cuautitlán Izcalli  que cada año se talen grandes cantidades de árboles para satisfacer el capricho de algún desarrollador inmobiliario o una nueva vialidad. Parece que somos incapaces de sumar el dos más dos, implícito en la relación entre pérdida de árboles y contingencias ambientales.
Por lo pronto, Earl y Javier se llevaron la vida de poco menos de 50 personas y los haberes de miles de familias que encontrarán difícil recuperar su patrimonio en el corto plazo. Los mecanismos de ayuda más o menos han funcionado, pero lo que sigue brillando por su ausencia es la disposición para reconocer la necesidad de evitar, de prevenir, este tipo de situaciones. Se requieren mejores planes de desarrollo regional y urbano que garanticen la sustentabilidad tanto de los bosques, los humedales, pantanos, cañadas y barrancas en las zonas rurales y costeras, como de las zonas verdes en las ciudades, de modo que sirvan como filtros que permitan la recarga de los mantos freáticos, que impidan el hundimiento, eviten inundaciones, absorban el dióxido de carbono y generen oxígeno.
Estamos al inicio de la temporada de huracanes de este año. Al ritmo que vamos en México, nos acercamos cada vez más a un escenario de megadesastre como los que ya han ocurrido en otros países. El más inmediato es el de sequías, que serían más graves en México de lo que fue, por ejemplo, la que recién concluyó en California. Pero existen ya otros riesgos. El más grave es agotar el agua disponible, derivado de la manera en que se han otorgado concesiones mineras y petroleras, que desperdicia grandes cantidades de agua que quedará inutilizable por miles de años.
Urgen nuevos modelos de desarrollo regional, rural y urbano sustentables, que dependan menos de la depredación de recursos que hasta ahora han sido relativamente baratos, pero cuyos costos podrían elevarse de manera muy rápida en los próximos años si insistimos en desperdiciarlos como lo hemos hecho hasta ahora. Es crucial que esos nuevos modelos de desarrollo den prioridad a la distribución del ingreso y no sólo al crecimiento del PIB u otros indicadores.
manuelggranados@gmail.com

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