domingo, 7 de agosto de 2016

La reacción anti-Francisco


Manuel Gómez Granados.

Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco nos acostumbró a sorpresas. Evitar, por ejemplo, todos los signos ostentosos del papado, como los tronos chapados en oro;  buscar la cercanía con las personas comunes; no encerrarse en la torre de marfil, como el palacio apostólico; y optar por la vida simple de la residencia Santa Marta. Incluso renunciar al uso de automóviles de marcas lujosas tanto en Roma como durante sus viajes internacionales.

A las personas comunes, esos signos les han devuelto la esperanza en una Iglesia que muchas veces se mostró prepotente y más madrastra que madre. Cometió demasiados errores en los casos de abusos sexuales que siguen conmocionando, desde Estados Unidos hasta Australia, desde México hasta Perú y Chile, sobre todo por el desdén con el que frecuentemente se trata a las víctimas. La sencillez y bonhomía de Francisco permite que la Iglesia recupere paulatinamente su capacidad para mostrarse como comunidad de fe, esperanza y caridad, ser  promotora de los derechos los migrantes, de la protección ecológica y de la urgencia de resolver conflictos militares que ahogan al Oriente Medio y África como condición para resolver la crisis de migración que enfrenta Europa.

Sin embargo, algunos círculos de la jerarquía no comparten la agenda del papa. Un número difícil de precisar de obispos y cardenales han terminado por legitimar las peores tradiciones conspiracionistas del catolicismo, las que—como reza el refrán—quieren ser “más papistas que el papa” y lejos de ver lo positivo que ha traído Francisco, buscan deslegitimar de manera cobarde y malsana sus decisiones, por medio de anónimos y rumores. Ellos se consideran los “guardianes de la fe”. Cardenales como Edmund Burke, Gerhard Müller y Robert Sarah y otros, que actúan desde el anonimato, asumen que sólo ellos conocen la verdadera doctrina de la Iglesia y que el Papa es un peligro que debe ser atajado a cualquier costo.

Difícil predecir hasta dónde llegará esta situación pero, distintos medios católicos ya dan cuenta del alcance de la confrontación y los campos que se han formado. Hoy es indispensable preservar la unidad; pero no podemos hacerlo a partir de criterios autoritarios. Ahora más que nunca, los católicos debemos reconocer la autoridad formal del papa Francisco y comprender las razones que lo han llevado a impulsar las reformas que caracterizan a su pontificado.

Además de reconocer la validez de la elección y la autoridad del papa, algo que el propio Benedicto XVI ha reconocido en persona,  también es necesario comprender las razones que inspiran a Francisco, que no tienen que ver—como dicen sus críticos—con un programa modernizante. Lejos de ello, busca que la Iglesia retorne a sus orígenes evangélicos, más de servicio, hospitalidad, austeridad, caridad, y menos interesados en las componendas y el boato.

La búsqueda de una mayor fidelidad al Evangelio es lo que las facciones más retrógradas de la Iglesia no perdonan a Francisco. No le perdonan que insista en un retorno al Evangelio, que critique a los “obispos que actúan como príncipes”; que haya reconocido la gravedad del problema de pedofilia y abusos sexuales; que haya creado nuevas reglas y estructuras que facilitan la destitución de obispos renuentes a actuar. No le perdonan que lejos de insistir en las condenas fulminantes por cuestiones de moral sexual, hable de la necesidad de ser misericordiosos y seguir el ejemplo de Jesucristo que, cuando enfrentó la furia de quienes querían linchar a la mujer adúltera, evitó cualquier acto de violencia, física o verbal, para mostrar, en cambio, que el amor de Dios siempre está dispuesto a perdonar al que se arrepiente.

manuelggranados@gmail.com

 

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