sábado, 10 de septiembre de 2016

El otoño caliente



Manuel Gómez Granados.

Desde finales del siglo XVIII, Estados Unidos decidió que sus elecciones se celebraran el segundo martes de noviembre. Puede parecer absurdo, pero para una sociedad rural, había algunas razones. Que fuera en noviembre permitía que las tareas agropecuarias estuvieran concluidas. Que fuera en martes permitía que las personas que viajaban a las ciudades a votar pudieran hacer otras cosas durante el primer fin de semana de noviembre y, luego, votar. No es que en aquel entonces votaran muchos. Las mujeres, esclavos, nativos americanos, extranjeros y menores de 21 años estaban excluidos. Algunas de las colonias excluían también a los analfabetas y hasta finales del siglo XIX existieron impuestos electorales, el poll tax en algunos estados. En general, el modelo estadunidense le apuesta a moderar más que alentar la participación electoral. Era la manera de evitar los errores que habían sumido a la Inglaterra de Oliver Cromwell en el siglo XVII y a Francia en el mismo siglo XVIII en la violencia y el revanchismo, de las revoluciones. 

Este año, el proceso electoral de Estados Unidos tiró todos esos principios al caño y los mexicanos somos testigos y, en muchos sentidos, víctimas de su peligrosa radicalización. Mucha de la responsabilidad la tiene Donald Trump, pero sería absurdo asumir que sólo él es responsable. Están los republicanos que han hecho de la guerra un negocio y que no le perdonan a Barack Obama haberse esforzado por reducir el número de intervenciones en conflictos en otras regiones. Para justificar las críticas a Obama, los republicanos recurrieron durante los últimos ocho años a un arsenal de mentiras y rumores que van desde decir que no es ciudadano de EU, hasta decir que es musulmán. Esas mentiras, paradójicamente, acabaron por golpear al propio Partido Republicano con el surgimiento del Tea Party, que se apropió de las estructuras locales republicanas, convirtiendo a ese partido en una máquina de radicalismo que, al mismo tiempo que denostaba a Obama, permitió que Trump derrotara a Jeb Bush, entre otros precandidatos.

Los demócratas también contribuyeron. Lejos de tomarse en serio las elecciones intermedias de 2010, creyeron que bastaba reciclar los lemas de campaña de Obama en 2008 para ganar. Lo que ocurrió fue devastador. Perdieron tantos escaños en las dos cámaras del Congreso que los republicanos del Tea Party lograron bloquear, uno tras otro, los esfuerzos de Obama para reencauzar la economía y mejorar el desempeño de las instituciones. Desde 2010, los demócratas han sido incapaces de recuperar el control de las cámaras del Congreso y sólo los pronósticos más optimistas acerca del posible desempeño de Hillary Clinton como candidata permiten suponer que los demócratas pudieran controlar alguna de las dos cámaras.

Y están los medios. El fenómeno Trump no se construyó de la noche a la mañana. Si algo se le debe reconocer a Trump es que ha trabajado durante muchos años para construir el activo más importante de cualquier político: el reconocimiento de su nombre. En la ruta para convertirse en una figura reconocida, una marca, dirían algunos, Trump participó en programas que él produce para la NBC, así como en espectáculos de la WWE, la empresa de lucha libre más importante de EU, además de diversos programas de distintas cadenas, que lo convirtieron, desde finales de la década pasada, en lo que es ahora, una marca reconocida incluso a escala global.

Finalmente, están gobiernos como el de México, no sólo el actual, que lejos de construir condiciones para garantizar a todas las personas el derecho a ganarse la vida honestamente en sus lugares de origen, le apostaron durante muchos años a hacer del migrante una suerte de héroe. El resultado es que casi nueve millones de mexicanos viven en EU sin los papeles necesarios. El discurso xenófobo de Trump encontró suelo fértil porque se trata de una emigración masiva que nos ha dañado a nosotros, pues hemos perdido el activo más importante de cualquier nación: su gente. El daño a México será más grave si Clinton pierde. En la actualidad, las estimaciones más precisas dan a Hillary poco más de 65 por ciento de probabilidades de ganar. Pero esos números podrían empeorar por propios errores y mentiras, y por el surgimiento de candidatos de otros partidos como Jill Stein, del Verde, y Gary Johnson, del Libertario. 

Las cabezas que rodaron en México luego de la visita de Trump deberían servir como acicate a nuestros políticos para evitar que el país sea tan vulnerable a los caprichos migratorios de EU o a las variaciones en el precio internacional del maíz. El golpe que sufrió el gabinete presidencial todavía podría ser una llamada de atención; habrá que ver si nuestro gobierno lo entiende o si nuestras elecciones nublarán también su vista.

manuelggranados@gmail.com

 

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