domingo, 4 de septiembre de 2016

México, entre Trump y el papa Francisco



Manuel Gómez Granados.


El viaje de Donald Trump a México, el miércoles 31 de agosto, vino a causar más problemas de los que incluso los más pesimistas imaginaron. Sin embargo, cuando se trata de los malos tratos a los migrantes, México no necesita aprender cosa alguna de Trump. En muchos sentidos nuestras autoridades son más insensibles e inhumanas que los más celosos simpatizantes del magnate neoyorquino.

Quien lo dude, basta que se dé una vuelta por la colonia El Recreo de Azcapotzalco, Ciudad de México, donde recientemente Alejandro Solalinde abrió —con muchos esfuerzos— un albergue para migrantes que pasan por la capital del país, o que visite Tapachula, la ciudad chiapaneca de la frontera sur, en la que los albergues civiles y religiosos ya no se dan abasto. Miles de personas, tanto de Centroamérica como de África e incluso de Asia, se agolpan en los albergues sin que el gobierno de México logre ofrecer alguna respuesta más o menos coherente al problema y tampoco logre detener a las bandas de delincuentes que los esquilman en el camino. Desde mayo de este año se incrementó el número de menores no acompañados que tratan de hacer el peligroso viaje por México hacia Norteamérica. En el caso, por ejemplo, de los migrantes que llegan de El Salvador, 40 por ciento de ellos son menores no acompañados, y huyen de una realidad mucho peor que la mexicana, pues la tasa de homicidios salvadoreña es siete veces la de México. La respuesta de nuestro país ha sido la que propone Trump en Estados Unidos: deportar sin considerar las razones que llevan a esas personas a buscar refugio en un lugar más seguro.

Y no es sólo el gobierno. Si algo demuestran casos como el del refugio en El Recreo, Azcapotzalco, es que la sociedad mexicana es profundamente insolidaria con los migrantes de otros países. Los mismos chismes y rumores que usan Trump y sus secuaces se usan en México para hostigar y hacerles la vida imposible a los migrantes centroamericanos, a pesar de que la evidencia demuestra que la mayoría de los migrantes indocumentados, por su propia vulnerabilidad, son incapaces de cometer esos delitos.

Sorprende de manera muy grata que, en un contexto así, el papa Francisco ofrezca una nueva lección de sensatez y responsabilidad en el marco de la reforma que él promueve de la curia vaticana. El miércoles 31, antes de que Trump llegara a México, los servicios informativos daban cuenta de la creación de una nueva oficina en Roma, la del Servicio del Desarrollo Humano Integral. Uno de los departamentos de esta oficina estará dedicado a las personas migrantes y refugiadas. El interés de Francisco en atenderlos es de tal magnitud que él mismo, de manera personal, coordinará ese departamento.

No es algo nuevo. Quienes sean capaces de ver las prioridades del Papa, recordarán que su primer viaje fuera de Roma fue a la isla de Lampedusa, un peñasco perdido en el mar Mediterráneo en el que Italia recibe a miles de migrantes africanos y del medio oriente. El Papa ha dedicado días enteros de sus viajes a llamar la atención acerca de los problemas que enfrentan los migrantes y refugiados, como lo hizo en febrero de este año, al acudir en Ciudad Juárez a la frontera México-Estados Unidos. Es una pena que en México, de manera acrítica, nos dediquemos a otros temas, algunos banales, y nos desentendamos del sufrimiento de los migrantes, los refugiados y, de manera más general, de los más pobres, en lugar de asumir una actitud solidaria y seguir el ejemplo de Francisco.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2016/982253.html

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