sábado, 19 de noviembre de 2016

Contra la desigualdad: misericordia


Manuel Gómez Granados.

En estos días de noviembre en que abundan tantas y tan desalentadoras noticias en México y otros países, reconforta saber que en Roma el papa Francisco mantiene el paso del programa de reformas de la Iglesia. A pesar de los obstáculos y la oposición que enfrenta, incluso dentro de la Iglesia, continúa su esfuerzo para colocar en el centro de la discusión pública internacional el tema de la desigualdad. No lo hace por cálculos de corto plazo, como actúan los políticos que alimentan resentimientos y odio. Lo hace como corresponde a su condición de sumo pontífice, es decir, de constructor de puentes, movido por el Evangelio [“escándalo para los judíos y locura para los gentiles” 1Cor. 1,23], y un genuino interés en romper la espiral de violencia y exclusión que vivimos, de modo que todas las personas, sin importar su credo, edad, condición legal u orientación sexual, tengan la posibilidad de realizarse como tales. Eso, que aparentemente es tan sencillo, no lo es para quienes deben resistir la propensión de  los sistemas políticos y los mercados, a excluir, discriminar y marginar. Por ello, en estos últimos días del Año Santo de Misericordia, lo hemos visto realizar llamados a comprometerse con actividades o programas incluyentes, que garanticen la igualdad de todos y eliminen las causas estructurales de la marginación.

Francisco se reunió una vez más, el 5 de noviembre, con los participantes del Encuentro Mundial de Movimientos Populares que, en los últimos tres años, se le han acercado para hablar de los problemas que viven las personas comunes. El papa reiteró ante ellos los fundamentos de su programa pastoral, que habla de la necesidad de garantizar “techo, tierra y trabajo para todos”. La ocasión sirvió para que el papa hablara de los terrorismos y aunque condenó el terrorismo de los fundamentalistas religiosos, también señaló como causante de ese y los peores males del mundo al “terrorismo del dinero”. Para enfrentar ese mal recomendó la misericordia que es “el mejor antídoto contra el miedo. Es mucho mejor que los antidepresivos y los ansiolíticos. Mucho más eficaz que los muros, las rejas, las alarmas y las armas. Y es gratis: es un don de Dios” (http://bit.ly/TTT5nov2016).

Seis días después, el 11 de noviembre, se reunió con un grupo variopinto de “personas excluidas”. Fue una reunión importante, entre otros factores, porque ocurrió mientras el mundo tragaba la difícil noticia de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y sirvió para que el papa se encontrara con migrantes indocumentados, madres solteras, ancianos, personas enfermas, sin hogar, abandonadas o desempleadas y quienes, en general, habitan los márgenes de las sociedades europeas. Frente a ellos insistió en la necesidad de garantizar a todas las personas el acceso a satisfactores mínimos pues dijo: “La pobreza más grande es la guerra, es la pobreza que destruye”. Además de confortarlos y pedirles que lo bendijeran, los llamó a construir la paz: “Y ustedes, desde vuestra pobreza, desde vuestra situación, son, pueden ser artífices de paz. Las guerras se hacen entre ricos para tener más, para poseer más territorio, más poder, más dinero. Es muy triste cuando la guerra llega a hacerse entre los pobres, porque es una cosa rara, los pobres son desde su misma pobreza más proclives a ser artesanos de la paz. ¡Hagan paz! ¡Creen paz! ¡Den ejemplo de paz!” (http://bit.ly/exclu111116).

Los llamados del papa Francisco son sencillos, pero no son ingenuos. Para ejemplo dos botones. El 10 de noviembre, el papa publicó una carta que envió a Salaheddine Mezouar, ministro de Exteriores y Cooperación de Marruecos y quien preside la 22ª sesión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP 22. En el documento, el papa insiste, como lo hizo en su encíclica Laudato Sí, en la necesidad de acotar y revertir el cambio climático y la depredación ambiental, pues las catástrofes ambientales golpean más a quienes menos tienen. Insistió, una vez más, en evitar que se profundicen los daños a los ecosistemas para resolver problemas que nos afectan a todos.

El segundo ejemplo proviene de una breve entrevista que otorgó a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Reppublica, publicada el domingo 11 de noviembre (http://bit.ly/Scalfari111116). En la parte medular, Bergoglio insiste en que el problema crucial de la humanidad hoy a escala global es la desigualdad, relevante en sí y por sus efectos en la migración, la radicalización política y otros fenómenos, así como en la obligación moral de participar en la vida política de nuestros países, pues sólo gracias a la participación política, se podrán resolver nuestros problemas, sin recurrir a la violencia, el odio y el resentimiento que trae consigo.




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