domingo, 20 de noviembre de 2016

Contra la pobreza: producción de alimentos

Manuel Gómez Granados.

Vivimos tiempos difíciles a escala global. Muchas de las promesas que se hicieron en los noventa acerca de los efectos de la globalización económica y el acelerado cambio tecnológico que vivíamos entonces no se materializaron. Más bien, al contrario, han surgido nuevas y muy graves amenazas, que han colocado en posiciones de poder a peligrosos demagogos que desean que sean los más pobres, los ya de por sí marginados y excluidos, quienes paguen los platos rotos del festín de la globalización. Incluso países desarrollados e igualitarios como Canadá (https://t.co/7JtJQ6qhCR) padecen los efectos de la inseguridad alimentaria, en una época en la que supuestamente debería ser más fácil y más barato producir alimentos y distribuirlos a quienes los necesitan, pues uno de cada cuatro canadienses se preocupa por no poder comprar los alimentos que necesita (https://t.co/sjmkeRSqPY). En México, a los problemas que ya de por sí tenemos, hay que sumar los que podrían resultar de la deportación de hasta dos millones, quizás más, de paisanos que llevan varios años viviendo en Estados Unidos.

Por ello, de un tiempo para acá, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la FAO, viene haciendo llamados para afinar las estrategias de producción de alimentos en —al menos— dos frentes. Primero, la necesidad de evitar el desperdicio de alimentos por medio de estrategias más eficientes de distribución de lo que se produce, que incluyen, entre otros aspectos, a los llamados “bancos de alimentos”. Segundo, la urgente necesidad de aumentar la producción de alimentos, especialmente en los rubros del autoconsumo y, sobre todo, la producción de alimentos entre los pobres que habitan las ciudades.

La FAO y otras instituciones multilaterales llevan varios años hablando de re-incorporar la producción de autoconsumo en las políticas para reducir la inseguridad alimentaria en todo el mundo. Algunos países han atendido esos llamados y, gracias a ello, existen experiencias internacionales exitosas que vale la pena imitar. Brasil ha estabilizado mercados locales de modo que los pobres rurales puedan producir alimentos sanos y baratos para venderlos a los pobres urbanos. En Australia y Francia, se han creado redes de autoridades locales, rurales y urbanas, que promueven políticas alimentarias y agropecuarias conjuntas y complementarias entre sí. En Canadá e Italia, además de mejorar y facilitar el desempeño de los bancos de alimentos se han creado “bancos de tierras” en las que se produzcan alimentos y se desaliente la urbanización precaria de tierras labrantías. En París y Nueva York, los gobiernos locales han invertido en infraestructura que permita reducir la extensión de las cadenas de abasto e integrar mayores montos de alimentos producidos en zonas rurales cercanas a esas metrópolis (http://bit.ly/FAOurbarural2015, p. 18-9).

En México las respuestas a la inseguridad alimentaria de nuestros pobres urbanos y rurales han sido insuficientes. Es cierto que existe una red de bancos de alimentos que hace una labor noble y benéfica, pero enfrentan dificultades que no son bien calibradas por los sectores público y privado. Nuestros programas de “combate a la pobreza” están electoralizados y asumen que los pobres sigan siendo consumidores netos de alimentos, no advierten las ventajas de reducir sus márgenes de inseguridad alimentaria por medio de la capacitación y la producción, y desestiman propuestas que ya son realidades en otros países, como la producción intensiva de traspatio o zotehuelas. Y lo peor es que los productores agropecuarios son de los más afectados por la terrible inseguridad en las carreteras del país, lo que termina por desalentar la producción y hacernos más vulnerables a las variaciones externas en los mercados de alimentos.

manuelggranados@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario