sábado, 5 de noviembre de 2016

¿Hillary o Trump?


En menos de 72 horas tendrán lugar las elecciones generales en Estados Unidos. Como cada cuatro años desde 1848 se celebrarán el martes inmediato posterior al primer lunes de noviembre. No es que ese día sea el único en el que los estadunidenses votan, pues 33 estados permiten que sus electores acudan a las urnas hasta 50 días antes de la elección, en algunos casos en persona, en otros por medio de un voto emitido por correo. Ello permite que hasta una tercera parte de todos los votos para la elección estén depositados ya, y en algunos casos contados el día en que se realizan de manera oficial las elecciones.

Es inevitable insistir en que nunca antes en la historia de EU se había votado con tanta sensación de urgencia. Ni siquiera cuando ese país peleaba la primera o segunda guerras mundiales o cuando lo hacía en Vietnam. Buena parte de la presión la han generado los excesos y abusos de Donald Trump que, entre sus méritos cuenta ya, incluso antes de que se sepa el resultado de la elección, el de haber lastimado seriamente las estructuras del Partido Republicano, que fueron incapaces de resistir la prédica xenofóbica, antiinmigrante, antimexicana y antimusulmán que inyectó a su campaña.

Sin embargo, sería ingenuo suponer que la aspirante presidencial demócrata es una buena candidata. Todo lo contrario. El muy probable triunfo de la señora Hillary Clinton se deberá mucho más a los errores, dislates, excesos y abusos de Trump que a la propia calidad moral o de las propuestas de política de Clinton. No toda la culpa es de ella. A pesar de los aciertos de Barack Obama en algunos asuntos, como en la creación de un sistema nacional de salud, la realidad es que el desempeño económico de nuestro vecino dista mucho de ser lo que fue todavía a finales de los noventa, no se generan empleos al ritmo necesario y los salarios distan mucho de ser suficientes. De ahí que resulte muy difícil, por ejemplo, para muchos jóvenes recién egresados de la universidad liquidar las deudas, para algunos de ellos monstruosas. A ello se deben agregar los problemas que genera tanto la automatización de muchos procesos de producción industrial, como las nuevas tecnologías, como los autos, autobuses y camiones que no dependerán de un conductor humano para realizar sus tareas.
También están las diferencias entre Obama y Clinton en materia de política exterior. Obama ha hecho hasta lo imposible por evitar que EU se involucre en otro conflicto militar, mientras que la señora Clinton tiene fama de halcón, es decir, de favorecer el uso de la fuerza militar para el logro de sus objetivos. Eso hace que sea muy difícil entender qué ocurrirá en enero de 2017 con los conflictos heredados de George Bush, como Afganistán o Irak, o qué hará Clinton en el conflicto en curso en Siria.

La candidatura de Trump nunca fue atractiva para una mayoría amplia de estadunidenses, pero sería necio desestimar el impacto que ha tenido entre los varones mayores de 40 años que carecen de estudios profesionales. Ellos son quienes están más intranquilos por el futuro de EU y la realidad es que Clinton nunca fue capaz de comunicarse con ellos, como tampoco lo hizo con los varones y mujeres menores de 25 años, que votarán por ella más por miedo a Trump que porque estén convencidos de las propuestas, más bien tibias de la exprimera dama.

A México debería quedarle claro que la historia muy probablemente será muy generosa con nosotros este próximo martes 8 de noviembre. Un triunfo de Trump implicaría recibir a varios millones de mexicanos repatriados sin que tengamos las condiciones para hacerlo. Implicaría entrar en una farragosa negociación por la manera de regular la frontera común, incluso si no se hubiera concretado la amenaza de construir un muro.

La moraleja de la historia es que no podemos insistir en apostar el futuro de nuestro país a lo que pudiera ir bien o mal en EU. Una vez que el polvo de la elección se asiente, habrá que ver qué hace la señora Clinton, si como prevemos gana, con el Tratado de Asociación Transpacífico, que es claro que provoca agruras no sólo entre los radicales que apoyan a Trump, sino también entre los sectores más cercanos a los sindicatos industriales y de servicios, que es donde los demócratas tienen sus principales bases de apoyo, así como entre quienes votaron por Bernie Sanders en la primaria demócrata. Pensar, como hicimos en los noventa con el Tratado de Libre Comercio, que basta con firmar acuerdos comerciales multilaterales para que nuestros problemas se resuelvan nos ha costado mucho. Hay que voltear a ver a nuestro mercado interno sin dogmatismos, pero con una idea clara de que el bienestar que anunciaban los acuerdos comerciales en los noventa no llegó y no podemos seguir esperando.

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