martes, 6 de diciembre de 2016

La espiral de la violencia






Que México ha vivido los últimos diez años hundido en una profunda espiral de violencia ya no es noticia ni sorprende a nadie. El grueso de las noticias que se publican o difunden sobre nuestro país en los medios internacionales o de otros países, tienen que ver casi siempre con los efectos que la violencia ha tenido en nuestras vidas y en la de los países más cercanos a nosotros, sea por la geografía o por la intensidad de los intercambios comerciales o de otro tipo. Hemos terminado por acostumbrarnos a la violencia, por volverla parte de nuestras vidas cotidianas, y las posibilidades reales de que, en el corto plazo, podamos cambiar esa percepción son pocas, si no es que nulas.

No hemos hecho la tarea y parecería que le apostamos a que, mágicamente, las cosas no se saldrán de control. Además, la crisis internacional por la baja de los precios del petróleo hará que los presupuestos para el combate a la delincuencia sufran en 2017 un severo recorte. No es que se cumplieran objetivos, pero al menos había recursos disponibles en caso de que se quisiera hacer algo contra la violencia que nos ahoga.

Ya desde antes de que se anunciaran los recortes presupuestales de seguridad pública era posible advertir tres escenarios muy peligrosos. Por una parte, la multiplicación de los linchamientos. En Puebla, recientemente, incluso se llegó al extremo de linchar a una familia que, al mudarse de casa, sacaba sus propios muebles para llevarlos al lugar a donde se iban a vivir. De nada sirvieron las advertencias y súplicas, la turba furiosa ante la ineptitud, lejanía y arrogancia de las autoridades linchó a inocentes.

Al mismo tiempo, se multiplican las acciones de “justicieros” anónimos, que suplen de la peor manera posible a las autoridades. Decir que los criminales se lo buscan o que es lo único que se puede hacer, forma parte del catálogo de las verdades a medias con las que las sociedades dominadas por la violencia, como el México de hoy, justifican el descenso a estados de ánimo cargados de resentimiento y violencia en los que cualquier persona, incluso quienes sean inocentes, pueden convertirse en víctimas de quienes han decidido hacerse justicia por propia mano. Finalmente, el colmo del oportunismo, hay legisladores que quieren aprovechar el río revuelto para regresarnos al siglo XIX y permitir que cualquiera que lo desee, pueda portar armas, incluso en los autos, para —como en el caso de los linchamientos y los “justicieros”— hacerse justicia por propia mano. Poco les importa la evidencia de otros países o la historia misma de México cuando esas prácticas eran legales.

Lo peor es que las autoridades no han sido capaces de comprender los vínculos entre violencia y mal desempeño económico, evidente en el hecho que dependemos de EU para comer una de cada dos tortillas vendidas en México, así como los vínculos entre corrupción política y violencia. En el primer caso, el dogmatismo llevó a que algunas teorías económicas justificaran que de importar 2.8 millones de toneladas de maíz en 1995, pasáramos a importar 9.8 millones en 2015, y sin lograr reducción alguna en el número de pobres en el mismo periodo. En el segundo, es la complicidad que persiste en los partidos políticos, como lo demuestra la metamorfosis de la Procuraduría General de la República, que parece apuntar a preservar la impunidad de la que gozan los miembros de la clase política, de modo que no parece que se vayan a cambar las causas de la violencia que nos asfixia.

A pesar de todo, los ciudadanos debemos participar más y rehabilitar urgentemente la política.

manuelggranados@gmail.com

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