sábado, 14 de enero de 2017

Un explosivo peligroso


Manuel Gómez Granados.

No sé si es cosa del inconsciente o del subconsciente, de la costumbre, la subjetividad, los genes, la educación o la falta de oportunidades, pero existen en nuestro país muchos resentidos sociales. Son personas que, además de amargadas, son tóxicas. Hacen daño y se hacen daño a sí mismas. Y no me refiero a quienes marchan para exigir sus legítimos derechos o a quienes manifiestan su inconformidad por tantas injusticias. Son un tipo particular de persona dotada de un alma negra incapaz de reconocer el bien o de agradecer lo que le ha sido dado.

Los resentidos sociales viven para quejarse de todo, para culpar a los demás de su situación y para lamentarse de su triste suerte. Suelen ser mediocres y envidiosos y ese coctel es explosivo y peligroso. No estudian, no se preparan, no se empeñan en lo que hacen ni crean las condiciones para salir adelante. Les va mal, engañan, abusan, piden prestado, pero no pagan, y por eso tienen pocos ingresos y malos resultados en la vida. Pocos o nadie les reconoce algún mérito. Ello hace que su resentimiento y frustración se agraven, al tiempo que se agrava también el complejo de inferioridad que frecuentemente les caracteriza. Un mediocre prefiere vivir de los subsidios del gobierno, de dadivas o incluso de lo que obtiene de otros por medio de engaños, que ponerse a trabajar, o aprender algo para ganarse el pan de cada día. Quieren tener todo lo que anhelan sin ningún esfuerzo y sin ninguna capacitación o sin asumir riesgos.

Mediocridad es hacer las cosas a medias; aprender a medias; pensar a medias; dejar su potencial a medias por miedo, comodidad, pereza o incapacidad. Los mediocres, además, suelen ser vulgares, mezquinos, de miras cortas y mentirosos. El mediocre odia a quien cuestiona su potencial, sus talentos reales o imaginarios. No resiste la menor crítica, pues considera a las críticas como afrentas a su persona. Por si fuera poco, es incapaz de ser autocrítico.

A los mediocres les fastidia la excelencia, la proactividad, el trabajo bien hecho, el tesón diario. Se instalan comodinamente en lo poco que saben; no innovan, no investigan, no se esfuerzan ni aceptan que haya algo más que su pequeño mundo en donde, desde luego, ellos son las perpetuas víctimas de la maldad de otros.

Ortega y Gasset decía que hay dos tipos de personas: los pusilánimes y los magnánimos. Los pusilánimes son mentes infantiles, llenas de fantasías irrealizables; ilusos que carecen de misión y de proyecto de vida. Son mediocres. Aprovechan los logros de otros, y a fuerza quieren apropiárselos. Los magnánimos son almas grandes, conocen la realidad, la analizan, la ponderan, tratan de transformarla. El magnánimo tiene vocación creadora, quiere aportar, dejar huella, busca superar la resignación pasiva, piensa y crea grandes cosas porque su espíritu le empuja a ser mejor.
Los mediocres suelen ser envidiosos. Viven con dolor el bien ajeno, para usar la expresión de santa Teresa. El envidioso prefiere que al otro le vaya peor que a él; quiere que el otro pierda lo que tiene: prestigio, trabajo, dinero. Quiere causarle daño a quienes envidia, pero ni así está contento. La envidia es un dolor que nunca deja en paz a quien la padece y los hace sufrir un tormento eterno, sin final ni pausa, por cada logro ajeno.

En México abundan los mediocres envidiosos, es decir los pusilánimes. No soportan que otra persona brille, que otra persona destaque o tenga algún logro, algo de qué sentirse orgulloso en la vida. Mucho menos toleran que otros triunfen. Envenenados con su propia ponzoña, los pusilánimes son incapaces de hacer alguna cosa real, tangible, seria, para sobresalir. Destruyen lo que otro hace, sin importar los medios para conseguirlo. Calumnian, mienten, crean cizaña, difunden rumores y logran convencer a otros de que ellos dicen la verdad, lamentablemente tienen seguidores. Después de haber destruido la obra de otro, siguen frustrados, pues en el fondo admiran al que envidian, pero tampoco construyen lo que la persona magnánima hace.

Por supuesto, un mediocre envidioso es incapaz de cooperar con otras personas para un fin común o para una buena causa: critica, señala, cuestiona, pero nunca construye ni propone nada. Estos seres son un lastre para México y un botín para otros pusilánimes, así como para muchos políticos que los usan como carne de cañón.

Acaso la educación y condiciones sociales más justas y equitativas podrían evitar que los pusilánimes y envidiosos se reprodujeran; pero no nos engañemos, en las filas de ese ejército militan muchos que nacieron lejos de la pobreza y que incluso tienen alguna educación que, de cualquier modo, desvirtúan, pues, en lugar de usar el conocimiento para mejorar el mundo en el que viven, lo usan para lastimar, para causar daño a otros.

Enlace: http://www.excelsior.com.mx/opinion/manuel-gomez-granados/2017/01/14/1139821

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