sábado, 28 de enero de 2017

Urge un nuevo modelo de desarrollo



Manuel Gómez Granados.

En estos días tan agitados, algo ha quedado claro: la democracia mexicana no cuenta con los soportes necesarios para enfrentar una crisis tan grave como la que se avecina si las promesas de Donald Trump se hacen realidad. 

No es sólo la Presidencia la que padece por los bajos niveles de aprobación, a punto de reducirse a un solo dígito. Los partidos y el Congreso, ambas cámaras, hace mucho que “disfrutan” de niveles similares. A los gobernadores y presidentes municipales tampoco les va mejor. Y de los jueces, procuradores y policías es mejor ni hablar, pues todos ellos padecen serios problemas de credibilidad, de confianza y de aprobación de su desempeño.
¿Qué es lo que ha hecho tan vulnerable a México? Ante todo, el que nuestra democracia no rinde resultados. Si uno se atiene al Informe País del Instituto Nacional Electoral (http://bit.ly/InformePaisINEMx) o la serie de encuestas Los mexicanos vistos por sí mismos, de la UNAM (http://www.losmexicanos.unam.mx/), el problema es que nuestra democracia no distribuye ingreso, no ofrece oportunidades, no permite que las personas desarrollen sus capacidades; es una democracia en la que se discrimina a los ancianos, los indígenas, las mujeres, las madres solteras, las personas homosexuales, entre otros muchos grupos que padecen los efectos de la discriminación, de la mala procuración de justicia y los malos servicios de educación y salud.
A ello se debe agregar que en los últimos años se hicieron demasiadas promesas acerca de la capacidad transformadora que tendrían algunas reformas, sin que se reconociera que dependían de condiciones que no se cumplieron, haciéndolas irrelevantes. Y no es sólo que el precio del petróleo se haya desplomado. Ahí está la reforma laboral, que no ha logrado modificar la proporción de personas empleadas en el sector informal en los últimos cuatro años: dos de cada tres.
No sabemos aún qué tan lejos irá Trump en sus empeños ni sabemos qué tanto cederán, contra la voluntad popular, las autoridades de nuestro país. Lo que es claro es que, incluso, si alguien nos hiciera un milagro, no debemos preservar el actual grado de dependencia de la economía mexicana respecto de la estadunidense. Si algo tendríamos que aprender es que necesitamos de un nuevo modelo de desarrollo que no insista en apostarle al viejo modelo maquilador y que se busquen nuevos mercados y nuevos socios.
Necesitamos un modelo de desarrollo que considere los problemas locales y ofrezca soluciones locales a esos problemas con inteligencia, creatividad y nuevas tecnologías. Un modelo que no implique renunciar, por ejemplo, a la soberanía alimentaria. Ahora que se discute tanto acerca del peso de la industria automotriz alemana (el mayor exportador de vehículos en todo el mundo) sería bueno recordar que Alemania es, también, el segundo mayor exportador de cerdo a escala mundial, con 15.7% del total de las exportaciones globales, sólo dos décimas menos que EU, el mayor productor global.
Un nuevo modelo de desarrollo no necesita destruir lo logrado y convertirnos en una economía estatizada. Necesita, eso sí, de una sociedad civil más participativa y proactiva que deje de creer en promesas vacuas y en decretos mentales como esos que ahora se multiplican de que China vendrá a rescatarnos de nuestra miseria post-TLC.
Necesitamos un modelo de desarrollo que ya no dependa tanto del consumo de petróleo. No podemos seguir construyendo ciudades “desparramadas” como las que hemos construido los últimos 30 años, que dependen demasiado del uso del automóvil y en las que no existen sistemas de transporte público eficiente.
Lo que necesitamos, más que otra cosa, es confianza. La actual administración sabía muy bien que nuestro gran problema era la confianza. Por eso es que el candidato Peña Nieto organizaba esas coreografías con uno o dos notarios al frente de grandes grupos de personas que daban fe de compromisos que supuestamente adquiría. Nuestro pueblo, una mayoría de almas simples, le tiene una confianza casi ciega al notario y don Enrique aprovechó eso para construir una esperanza que ha terminado por esfumarse.
Hay quienes hablan de la necesidad de convocar a un pacto entre todos los actores políticos del país. Ojalá fuera tan sencillo. Peña Nieto lo hizo y logró que los dirigentes del PAN y el PRD lo apoyaran. La cosecha no ha sido propicia ni para el gobierno ni para los participantes en lo que fue el Pacto por México. Además, convocar a un nuevo pacto necesitaría que nuestros políticos de verdad quisieran sacrificar sus privilegios, algo que no hacen ni siquiera cuando sus partidos designan candidatos. Necesitaríamos que, de verdad, nuestros políticos dejaran de pensar en sí mismos y pensaran en el país, algo que todavía ahora sigue pareciendo difícil.

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