viernes, 10 de julio de 2020

El hambre, la gran pandemia


Que la mitad del mundo ateste los contenedores con alimentos pasados de fecha mientras la otra mitad muere por inanición supone una forma suprema de oprobio. Pero también una grave agresión para nuestros recursos naturales.

«Para producir esos 1.300 millones de alimentos que no va a comer nadie estamos utilizando 1.400 millones de hectáreas de terreno, es decir, 28 veces la superficie de nuestro país si toda España fuera fértil, la cuarta parte del agua dulce del planeta y 300 millones de barriles de petróleo. Y emitimos el 12% de los gases de efecto invernadero. ¿Qué justicia, eficacia y sostenibilidad tiene el sistema agrolimentario?» reflexiona José Esquinas Alcázar.

Cerca de 821 millones de personas -una de cada nueve en el planeta- se acuesta y se levanta con el estómago vacío. Padecen lo que los técnicos llaman hambre crónica. La falta de acceso a la comida mata a un ser humano cada dos segundos en algún lugar del planeta. Los fallecidos por inanición serán 40.000 durante el día de hoy. Si todos esos decesos ocurrieran en Europa, al cabo de un año enterraríamos al equivalente de los habitantes de Londres, París y Madrid. Por comparar, en cinco meses de coronavirus han muerto en el mundo algo más de medio millón de personas. No hay mayor pandemia en el mundo ni más letal que la del hambre. No es contagiosa, por eso se propaga sin estados de alarma.

El año pasado 135 millones de ciudadanos tuvieron que hacer frente a severas crisis alimentarias en 55 países debido a fenómenos meteorológicos drásticos, conflictos, recesiones económicas, migraciones forzosas o de todo ello a la vez. No se conocen otras cifras más espeluznantes. En Sudán del Sur, el 61% de la población no tiene comida a su alcance de manera regular y en Zimbabwe y la República Centroamericana, el 35%. En Yemen, Siria, Afganistán, Irak, Líbano, Haití o Venezuela la ausencia de alimentos sigue engordando una legión de hombres, mujeres y niños desnutridos, moribundos e invisibles.

El pronóstico que trae el coronavirus para ellos y para otros muchos es devastador. En un informe reciente, el Programa Mundial de Alimentos (PMA), una agencia humanitaria de Naciones Unidas (NU), advierte de que el impacto económico del Covid-19 durante 2020 va a abocar a la malnutrición al doble de personas que el año anterior, unas 265 millones de personas. El director ejecutivo del PMA, David Beasley, ha dado la voz de alarma. «En unos pocos meses, amplias capas de la población se van a enfrentar a múltiples hambrunas de proporciones bíblicas. No sólo nos enfrentamos a una pandemia goblal sanitaria, sino también a una catástrofe humanitaria mundial».

¿Cómo se erradica esta lacra? ¿Por qué no se hace? ¿Cuánto costaría? ¿Depende únicamente de la voluntad política? ¿Por qué los organismos internacionales dedicados a combatirla fracasan estrepitosamente en su misión? Trasladamos estas y otras preguntas a José Equinas Alcázar (Ciudad Real, 1945), científico, humanista y el mayor experto en hambre de España. Nadie como él, miembro destacado de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) durante tres décadas, en las que visitó 120 países, conoce sus respuestas. Consciente de la desidia con la que Occidente mira este problema, desenfunda una batería de datos y comparativas que resultan tan ilustrativas como escandalosas.

«Según los datos de la propia ONU, con un 2 o 3% de lo que los miembros de la OCDE hemos gastado en salvar a la banca en los últimos quince años se podría haber eliminado el hambre del mundo. Se lo puedo decir de otra manera, cada día gastamos 4.000 millones de dólares en armamento, una cantidad suficiente para alimentar a todos los muertos por desnutrición durante 150 años. La FAO enfrenta esta pandemia con un presupuesto ordinario para dos años que equivale a lo que los Estados Unidos y Canadá gastan en una semana en comida para perros y gatos».

Antes de entrar en la harina apelmazada en la que se amasa el perverso círculo del hambre y la industria agroalimentaria, Esquinas Alcázar desliza otro dato que amplía el panel de responsables de la ignominia. «Desde el siglo pasado el número de ciudadanos sin acceso a alimentos apenas ha variado. Hasta 2005, el número de obesos era muy inferior. A partir de ahí se igualan. Hoy las personas con sobrepeso duplican a los que padecen hambre crónica. Se estiman que son 1.600 millones. Estamos llevándonos a la boca mucha comida innecesaria».

La siguiente cuestión emerge por sí sola. ¿Falta comida para alimentar a todas las bocas o sobra? «Las multinacionales sostienen que para evitar el hambre hacen falta muchos más alimentos. Para ello venden transgénicos, semillas mejoradas, pesticidas… Sin embargo, la ONU ha comprobado que producimos un 60% de alimentos más de los que necesitamos. Lo que ocurre es que una tercera parte, 1.300 millones de toneladas métricas, se pierde en el camino. En los países subdesarrollados, por las malas infraestructuras y la falta de refrigeración y de transporte adecuado. En los desarrollados mucha termina en la basura. Compramos de más y en el caso de España, hasta el 30% de comida que se acaba tirando es envasada. Se nos había caducado».
4.000 kilómetros hasta la boca

Que la mitad del mundo ateste los contenedores con alimentos pasados de fecha mientras la otra mitad muere por inanición supone una forma suprema de oprobio. Pero también una grave agresión para nuestros recursos naturales. «Para producir esos 1.300 millones de alimentos que no va a comer nadie estamos utilizando 1.400 millones de hectáreas de terreno, es decir, 28 veces la superficie de nuestro país si toda España fuera fértil, la cuarta parte del agua dulce del planeta y 300 millones de barriles de petróleo. Y emitimos el 12% de los gases de efecto invernadero. ¿Qué justicia, eficacia y sostenibilidad tiene el sistema agrolimentario? Mire, el alimento medio que llega a nuestras bocas en España ha recorrido antes entre 2.500 y 4.000 kilómetros. Los corderos de Nueva Zelanda, las pipas de China, la soja de los Estados Unidos… ¿Qué sentido tiene esto?», cuestiona el experto.

Hijo de agricultores, formado como Ingeniero Agrónomo en España y doctor en Genética en California, Esquinas Alcázar tiene claras las causas de que la Tierra sea un planeta cada vez más hambriento. «Cuando era pequeño y se me caía un trozo de pan al suelo, mi familia siempre me decía ‘cógelo, bésalo y cómetelo’. Entonces, el alimento era sagrado. Hoy ha pasado a ser una mercancía. Por tanto, no importa si contamina el medio ambiente, si afecta a la salud o si no llega a la boca del hambriento. Tres grandes consorcios controlan el 75% de las semillas comerciales del mundo y el 63% de los agroquímicos. Ellos tienen el control de la alimentación mundial y piensan en clave de beneficios».
«Consumir es un acto político»

No hay una solución mágica y homogénea para acabar con el hambre. Cada país tienen situaciones climáticas y ecológicas distintas, y condiciones de desarrollo, regímenes políticos y herencias culturales diferentes. Pero hay una máxima aplicable a todos: «Cuanto más cerca del consumidor se produce y más acortamos las cadenas, mejor. Se evita el transporte, con él los preservantes, y por tanto el artículo se encarece menos y reducimos la huella ecológica», prescribe el científico. «Sin soberanía alimentaria, sin esa capacidad de los pueblos para producir comida, nunca podrá haber paz ni seguridad mundial», afirma categórico.

Pero no basta con producir de manera local. «Hace unos años, la FAO hizo un estudio para averiguar quién alimenta al mundo. Resultó que el 76% de los alimentos que sí llegan a los estómagos de los consumidores, provenía de la agricultura familiar. Se dice que eso es más caro. Sin embargo, se ha demostrado que por cada euro que gastamos en artículos de agroindustria, tenemos que pagar dos euros más para paliar los efectos negativos que producir ese alimento ha tenido sobre el medio ambiente y la salud humana. ¿Qué pasaría si ese mismo artículo se vendiera a tres euros? Que resultaría que la agroecología es rentable», resuelve.

Neoyorquinos buscan comida en los carros con productos caducados que un supermercado ha dejado en la calle, durante la crisis del coronavirus. El que fuera presidente del Comité de la FAO sobre Ética en la Alimentación y la Agricultura aboga por dar la vuelta a esta tortilla. En lugar de pagar por limpiar lo ensuciado mediante «subvenciones encubiertas», propone pagar por «conservar el agua cristalina, el aire puro y el paisaje verde». «Si compro una manzana, no solo tengo que abonar el precio de producirla sino también el de conservar los recursos naturales que van a permitir a mis nietos seguir comienzo manzanas».

Eliminar la pobreza exige, a su juicio, al menos otras medidas: diversificar los cultivos y las razas – «de las 10.000 especies que el ser humano ha empleado a lo largo de la historia hoy se usan comercialmente apenas 150, lo que nos deja más desprotegidos frente al cambio climático»- y, en paralelo, reanimar la cooperación internacional. «Del 0,8% que se logró destinar en 2008 a este concepto ahora apenas le dedicamos el 0,1% del presupuesto nacional en nuestro país y en otros muchos. No estamos ayudando».

Esquinas Alcázar no se refiere únicamente a los gobiernos. «Nuestro poder como consumidores en una sociedad consumista es mayor al de los partidos políticos. Debemos transformar nuestros carros de la compra en carros de combate. Consumir es un acto político con el que incentivas o desincentivas determinadas producciones»

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